Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
En fin, estas y otras reflexiones parecidas surcaban mi mente cuando desembarqué por primera vez en Ciudad Juárez y sus ya míticas maquiladoras, me saludaban como cuervos deslucidos. No obstante, había escuchado hablar tanto de la ciudad, que me parecía que formaba parte más de la leyenda que de la realidad. Y cuando comencé a pasear por sus calles, no pude evitar una sensación de sorpresa. De hecho, lo primero que me llamó la atención de ella fue simplemente, el mero hecho de su existencia; que no fuera ni una fábula ni un mito. ¿Cómo es posible que esta villa por la que me paseo sea real?, me dije, mientras me desperezaba, e inundaban mi mente un sin fin de metáforas y palabras procedentes de la novela de Roberto Bolaño, 2666. Libro que sería mi primera guía durante mis primeras horas allí, hasta el punto de que cuando comencé a pasear por el núcleo urbano, mi atención no estaba fijada tanto en aquello que veía sino en reconstruir las andanzas descritas por el escritor chileno en su monumental texto. Bolaño era, por tanto, el principal ingrediente de un plato que no me permitía vislumbrar los verdaderos contornos de una urbe que se me antojaba fantasmagórica e inexistente, y me recordaba a tantas otras poblaciones mexicanas hasta el punto de que no era capaz de señalar un detalle que la distinguiera de las demás. ¿Era en verdad una ciudad maldita el lugar que recorría? Casas con una estructura a medio hacer y paredes necesitadas de una mano de pintura eran habituales en un muchas villas mexicanas, al igual que las curvas, baches y mordeduras del asfalto, los mercados, iglesias y bullicios de gentes apretadas. ¿Qué había de extraño entonces en ese espacio?
Tardé tiempo en responder esta pregunta. Antes tuve que cruzar la frontera y dirigirme a su opuesto: El Paso. He de reconocer que la ciudad norteamericana no es especialmente bella. Sin embargo, tal vez por ser la primera vez que pisaba el país de Faulkner, me sedujeron sus avenidas, edificios y autobuses. De hecho, por momentos, sentía que me encontraba en medio de una alucinación, puesto que me hallaba yo en “otro” mundo muy diferente a aquel del que procedía, cuyo aspecto había mutado radicalmente en unos pocos metros. Ahora por ejemplo -si así lo deseaba- podía visitar un monumental, lujoso casino o un hotel digno de aparecer en un film de David Lynch, con sólo proponérmelo. Y sentía en cada poro de mi cuerpo que me encontraba en medio del sueño americano. Esa máquina de progreso que me sedujo al instante, conforme contemplaba a diversas razas dispuestas a olvidar su pasado, conviviendo juntas, construyendo el futuro. Esos descomunales edificios y Universidades que contrastaban con el aspecto de las malolientes calles de Ciudad Juárez.
Ciudad Juárez se encuentra llena de contrastes. A día de hoy, es un epicentro de muerte pero, a su vez, una gran metáfora de lo que la vida puede llegar a ser: una aventura constante y continua en que nunca sabemos lo que sucederá, si el bar al que solemos acudir estará abierto la siguiente semana o si las personas con las que dialogamos hace unos minutos, no serán más que un débil recuerdo en tan sólo unos meses. Un cuerpo enterrado en el fango.
En cualquier caso, lo cierto es que en Juárez se puede frivolizar y conceder suma importancia a las situaciones y circunstancias más ásperas. Me recuerdo por ejemplo riendo junto a dos de sus habitantes porque un coche se hallaba en la puerta de la casa de uno de ellos durante más de tres días. Si en otra ciudad cualquiera, -una vez que nos hubiéramos asegurado de que el automóvil no perjudicaba ni la entrada ni la salida de nuestro hogar- no se le hubiera concedido importancia alguna a este hecho, en Juárez ponía en guardia a mis interlocutores sobre un posible peligro. A mí jamás se me hubiera ocurrido pero para un oriundo de la ciudad, lo habitual era mirar a través de las ventanas del coche una y otra vez, debajo de las ruedas, olfatearlo y persistir en analizarlo no fuera a ser que ocultara un cadáver en su interior.
En suma, si algo me enseñó mi paso por Juárez es a desterrar mis teorías mítico-simbólicas. La ciudad y su dinámica vital terminó por hacérmelas olvidar. Apenas recordé alguna escena de 2666 en el resto de horas que pasé allí y, finalmente, la urbe me inundó en sus brumas de niebla, alcohol y miseria la noche en que me despedí de ella. Pues si bien, Juárez no es una ciudad amable, tampoco niega a quien lo desee, a que beba de sus entrañas.
Siendo por todos estos motivos que acabo de apuntar por los que, bajo mi punto de vista, no me parece nada casual que el cuerpo de las mujeres asesinadas no aparezca como tampoco haya aparecido culpable alguno o sea tan difícil apuntar a un lugar sólido del tejido socio-político de la ciudad (más allá de los esfuerzos de investigadores como Diana Washington que apuntan a relacionar a los culpables de estos asesinatos con jóvenes pertenecientes a prominentes familias de Juárez que tienen nexos con los cárteles de droga y compran protección policíaca), pues, en realidad, y si se entiende la cuestión desde el trasfondo desde la cual la intento plantear, tanto el culpable como la víctima no tienen la menor importancia en este caso. En realidad, en Ciudad Juárez desaparece lo que no habría debido de existir jamás. Desaparece el excedente mujer-cuerpo a la que se le niega toda afectividad, psicología o alma alguna y se la culpabiliza, sin nombrarla de todos los males de la sociedad. Desaparece un pequeño pero suficiente grupo de cuerpos que no afectan a la continuidad de la especie pero que son los suficientes como para que la sociedad sienta el castigo que pesa sobre las mujeres, dadoras de vida y, por tanto, responsables de la onerosa situación actual. Y del mismo modo, se lleva cuidado para que el cuerpo mutilado sea de baja extracción social, como ha estudiado con rigurosidad Sergio Rodríguez en su ya clásico Huesos en el desierto pues, de esta manera, no podrá defenderse del ataque producido. Y sus familiares no podrán promover investigaciones.
Un afecto que, sin duda, merece y que tiene de mi parte. En Juárez como en Palestina o Sarajevo se encuentran latentes muchos de los problemas que no ha podido resolver nuestra época y en la medida en que sepamos comprender la dinámica que rige estas ciudades, estaremos capacitados para ir formulando medidas de resistencia eficaz a las diversas tiranías que, antes o después, intentarán atentar contra la libertad del ser humano. Al fin y al cabo, la salida al laberinto de la soledad no creo que se encuentre asesinando al minotauro sino, más bien, atreviéndose a mirarlo en el mismo seno de su composición y aprendiendo a comprender que, en definitiva, no es demasiado distinto de nosotros.
0 comentarios