El problema de Rafa
No bromeaba Toni Nadal cuando, hace casi dos décadas, tras contemplar el desempeño tenístico de un joven Novak Djokovic, fue presuroso a buscar a su...
Si Julio Maldonado es el mago encantador, el sabio «empollón» del periodismo futbolístico actual y Axel Torres el eterno aspirante al trono, Segurola sería más bien, el delegado. O el cerebro en la sombra. Un rocoso líbero con una buena visión de juego que cuida con mimo su área y reparte el balón con cierta generosidad. Un periodista de la vieja escuela. De esos que disfrutaban tanto con un partido de aficionados como uno profesional y entendían una crónica como un deber ético. De los que comprendían que su función tenía algo mágico: hacer partícipe de hazañas y acontecimientos épicos a personas que no podían contemplarlas. Y además, aportar ciertos matices y reflexiones que hicieran comprender por qué había ganado un equipo u otro, los puntos fuertes de tal o cual jugador e ir contando en voz baja las leyendas que iban creciendo alrededor de un juego que comenzaba a tener carácter de ritual. Alguien, en gran medida consciente, de que su profesión existe gracias a los deportistas y no al revés. Algo que, a pesar de ser una obviedad, conviene recordar ya que creo que, en gran parte, se ha olvidado en medio de la vorágine actual de ostentosos titulares, voces alocadas e histéricos reportajes sobre fútbol parecidos a anuncios de colonia y videojuegos extraídos del centro de la Matrix.
De niño, se educó leyendo las grandes revistas deportivas extranjeras. Acudiendo cada domingo a San Mamés. Absorbiendo crónicas de periódicos que alternaba con partidos profesionales y aficionados con absoluta naturalidad en una época en la que la televisión apenas transmitía un partido a la semana. Algo que lo diferencia bastante de los periodistas actuales. Básicamente, porque Segurola se educó viendo fútbol en vivo y en directo. Observando cómo los jugadores sudaban y se ataban los botines. La manera en que se colocaban en el campo y ocupaban una zona u otra del terreno. Sintiendo en la nuca el aliento de los héroes del deporte. Y eso le hizo humanizarlos. Entender la magnitud de su leyenda. Y conseguir situarlos en el sitio adecuado. De hecho, ha puesto más de una vez en su verdadero lugar a determinados jugadores que por moda o determinados estados de ánimo colectivos estaban sobrevalorados. Y ha sabido descifrar e identificar a futuras estrellas y jugadores correosos que por determinadas circunstancias, se encontraban opacados.
Obviamente, Segurola se ha equivocado en más de una ocasión. Es humano. Y si existe un campo de la vida donde es fácil errar, es el deporte. Y más en concreto, el fútbol. Una fascinante actividad en la que una sola jugada, un sólo tiro, un pequeño arreón puede echar por tierra presupuestos millonarios y teorías emitidas y creídas como mantras durante años. Pero en lo que prácticamente nunca lo he visto errar ha sido en su faceta de cronista. Durante su etapa en El País, consiguió, por ejemplo, que me comprara el periódico tan sólo para leer la sección de deportes. Logró algo muy difícil en España y que hasta entonces, parecía sólo patrimonio de Argentina y los países anglosajones: conceder dignidad y respeto a cualquier actividad deportiva. Convertir lo que probablemente no es más que ocio y espectáculo, artillería guerrera del Estado de Bienestar, en cultura.
Quiero aclarar que no considero a Segurola un estilista del lenguaje. Ni tan siquiera un gran escritor. Pero sí un muy buen periodista y analista. Su estilo es directo, claro y contundente y a la vez, meditado y razonado. Es un pistolero, sí, pero suele disparar con cierta contención. Respetando unas reglas y a los oponentes. A veces, por las urgencias, hay frases en sus crónicas y artículos que no terminan de estar bien construidas o se alargan demasiado, pero tiene una virtud. Siempre se comprende lo que desea decir. Es sencillo. Frontal. Y, desde luego, merece la pena escucharlo porque vislumbra emociones y sucesos del juego que para muchos pasan desapercibidos. No llega al nivel de los grandes genios del deporte como Cruyff y Guardiola pero sí que tiene una visión muy clara y aguda que le permite distinguir el grano de la paja. Identificar lo monótono y mediocre y la llama que prende el corazón de los grandes caníbales del deporte.
Acierto total en lo de su sensatez por supuesto, cosa que se ve reflejada en su elegancia inglesa donde cursó estudios y el idioma parte de su aprendizaje lo hizo en Australia.
Personalmente es el que desde hace años cuando escribía en el País, daba la nota más alta precísamente por su cuidada educación.
Y no olvidemos fue premio nacional de ensayo que escribió creo que después de sus años en estados, con un atípico libro titulado
«El planeta americano» que disfruté muchísimo, y que resolvió por capítulos, dedicados cada uno a los distintos aspectos vitales que componían esa sociedad, por ejemplo El matrimonio, La educación etc.
Pensaba que había muerto.
Toda mi admiración y alegría que le hayas dedicado una avería que si, El Sentido Común padre del entre otras cosas saber estar y no herir.
Buena avería.