Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Todos los discos de Gaingsbourg parecen haber sido grabados de madrugada. Entre ingestiones de alcohol y raciones compulsivas de sexo. En medio de un casino o un club nocturno del que hace varias horas que se retiró el público. Y son una feroz imagen de la soledad. Una fotografía de los deseos incontrolables. Una masturbación sofisticada plagada de ritmos y melodías que definen y sobrepasan su época. Una descripción visceral de los peligros del amor. Un retrato de la dependencia emocional. De los bajos fondos y la locura cotidiana. Una instantánea en blanco y negro tan evanescente como potente de la masculinidad. El psicoanálisis de un don Juan galo. Alguien tan o más golfo que nuestro Joaquín Sabina, tan cerca del ocaso como Leonard Cohen y tan transgresor como una monja excitada en medio de misa.
Gaingsbourg fue tan conocido por sus escándalos como por sus incontestables hits. Tanto por su sordidez y la visceralidad de sus interpretaciones como por haber transformado muchos años antes que Houellebecq el nihilismo en moda. En una filosofía válida tanto para vagabundos como para profesores de Universidad; tanto para jóvenes como para viejos sin esperanza.
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