Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
No sé si me expliqué bien. Para mí -vuelvo a repetir- Bone Tomahawk es un análisis práctico del racismo norteamericano. Una ejemplificación grandiosa de su origen. Ante todo, porque entiendo que la tribu de aborígenes que amenaza el poblado yanqui es irreal y que es ahí precisamente donde radica una de las grandes genialidades del filme: en la no-existencia de esa especie de zombies indígenas y caníbales de una ferocidad que recuerda a la de jaguares rabiosos heridos cuya presencia aturde, fascina, repele, y conduce la película a un clímax de tensión bestial.
En realidad, quiero pensar que probablemente quienes hayan asesinado a sangre fría a un dócil negro y raptado a dos ejemplares blancos de gran valía para el poblado, seguramente fueran un puñado de indígenas amenazados por la presencia blanca en territorios controlados por ellos desde tiempos ancestrales. Pero que la genialidad de Craig Zahler radica en intercambiar a ese grupo de «buenos salvajes» -más cercanos a ciertas etnias que aparecen en los western clásicos- por el grupo de asesinos y criaturas sin nombre que, finalmente contemplamos en su fascinante película. Monstruos cuya fantasmagoría y crueldad despiadadas provocan que cada una de sus muertes sean un alivio para el espectador. De hecho, su comportamiento destructivo invita al odio y casi que también a apoyar cualquier medida posterior que Norteamérica pudiera tomar para salvaguardar su territorio o invadir otro. Algo a lo que ayuda decisivamente la «espectralidad» de estos indígenas parecidos más bien a vampiros o zombies. Calificativos que acaso reflejen con exactitud qué son los árabes, mexicanos o indígenas asiáticos (o más bien, los extranjeros no occidentales en su conjunto) para el inconsciente colectivo de una nación necesitada de justificarse moralmente de algún modo -no importa que sea a base de constantes mentiras- para sostener su liderazgo sobre ese mundo civilizado que héroes del cariz de los retratados en la película pretenden cuidar. Mantener en paz.
Una paz que, en cierto modo, esta delicia que mezcla el cine de Carpenter y el de John Ford con leves toques tarantinescos, nos anuncia que no será posible. Algo lógico porque, al fin y al cabo, el rodaje de un western es el preludio por lo general de una época de sangre, muertes y pillaje.
0 comentarios