Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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«Los escritores no soportan perder. La mayoría encuentran un refugio en la escritura tras cientos de decepciones. No son por lo general atractivos. De niños, de hecho, era absolutamente normal para ellos ser derrotados o más bien humillados en los deportes. Todos los que he visto crecer en las inmediaciones del palacio solían llegar los últimos en una carrera de caballos, eran unos inútiles en el arte de la esgrima y, por supuesto, que eran incapaces de levantar varias piedras juntas. Sus músculos eran flácidos y su aspecto penoso. Y en esas condiciones, los libros se convertían en su tabla de salvación. Un castillo en el que protegerse y defenderse del arisco mundo, la incompresión de sus padres y las burlas de sus compañeros. Lo que permite comprender, supongo, cuánto les puede llegar a doler, el que después de años estudiando (o haciendo que estudian y haciendo que escriben), alguien critique su libro. Todos ellos saben internamente el dolor inmisericorde que pueden llegar a sentir si su libro es descuartizado y por eso son tan crueles (pues necesitan dar una imagen temible para no ser atacados) y al mismo tiempo tan amables (pues necesitan tener cuantos más aliados sea posible para no ser atacados).
Ocurre también que, como ninguno de ellos es capaz de componer un libro bueno, un libro que le diga algo a la humanidad que merezca la pena, por lo general acaban siempre descontentos. Y no es extraño que confiesen que no encuentran un sentido a su vida. Si fueran personas con un mínimo de sentido común, campesinos o labriegos, aceptarían este hecho y se dedicarían a otros menesteres. Pero estas ratas por lo general se dedican a criticar viciosamente y en secreto los libros de sus compañeros o bien se encierran en sus lóbregos hogares empeñados en crear otra obra maestra.
Realmente, todos los escritores que he conocido hasta el momento me han hecho odiar la palabra literatura. Considerarla algo maldito. Todos los libros que he leído hasta el momento, de hecho, me han parecido un desahogo del escritor. Un panfleto realizado para no suicidarse y un atentado contra los lectores que, por lo general, son escritores frustrados pero con un poco menos de ego. Y además, son unos ignorantes porque si supieran las intenciones de esas bestias que tengo ahí encerradas en las habitaciones del palacio no tengo dudas de que se asustarían. Se arrancarían los ojos por haberse atrevido a leer libros que no deberían haber sido escritos. Aunque no tengo yo demasiada fe en mis súbditos y estoy convencido de que esos estúpidos podrían llegar a aplaudirlos y elogiarlos, dado que los escritores saben muy bien cómo engatusarlos. Conocen las tretas y ardides necesarios para convencerlos.
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