El mensajero
Prometí ayer dejar mis impresiones sobre unos cuantos libros que he leído en los últimos meses, pero probablemente lo haré mañana o pasado. Puesto...
Hacernos reír. Asombrarnos. Ese es el gran mérito de la disparatada literatura de Aira: conseguir que leamos sus textos con una sonrisa en la boca, disfrutando con sus ocurrencias y continuos detalles y sorpresas, como quien busca los muñequitos escondidos en el roscón de reyes. Lo siento mucho pero ante estos atributos, frente a estos ingentes méritos, ¿importa la trascendencia, la posibilidad de que sus textos no se lean dentro de un siglo, o la crítica?, ¿importa lo que puedan subrayar agrios críticos sobre un escritor capaz de convertir la literatura en fiesta?
Únicamente señalar, sí, que la cena a la que se alude en el título y la manera en que el escritor argentino nos narra la relación de amistad (y sobre todo, de interés) entre los dos amigos que la disfrutan, es de una inteligencia maquiavélica. Aira tira de absurdo y extrañamiento para describir a una burguesía estancada en un tiempo muerto donde cualquier hábito, costumbre o gesto son deformados. Pasados por el filtro de una inteligencia, un razonamiento que come palabras y sentimientos al ritmo de una batidora. Consiguiendo transformar el infierno, los túneles sentimentales, en espacios de incertidumbre. Maravillosas habitaciones en donde lo mismo aparece un porteño orgulloso de su condición, una gigantesca marioneta rota o Alicia (sí, claro, la del país de las maravillas) hablando con Jorge Luis Borges mientras contemplan una película de zombis en la tele. Una delicia terrorista. Shalam
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