Terrence Malick: El nuevo mundo
Para mí, no existe momento histórico más fascinante y bello que el del encuentro entre los mundos americano y europeo. Es esta una leyenda real que...
En realidad, Arrebato es una película que ha sido tan reverenciada que casi que ha imposibilitado cualquier interpretación o que exista una canónica. Pero incluso vislumbrándola como un delirio genial o un cuento mágico e indescifrable resulta difícil no considerarla un lúcido presagio de lo que le ocurriría a la cultura pop y a la mayoría de los artistas españoles jóvenes, una o dos décadas más tarde de su estreno en el Cine Azul de Madrid en 1980. Porque, en gran medida, casi todos ellos serían fagocitados tanto por las imágenes que ofrecían de sí mismos en los medios, -esas fotografías y postales juveniles, adolescentes y presuntamente atemporales proyectadas como bucles en cientos de pantallas- como por las drogas. De hecho, la mayoría, (véase el fin de Bernardo Bonezzi, Enrique Urquijo, Antonio Vega y tantos otros), tras años de intenso protagonismo mediático, o bien desaparecerían al igual que los personajes de Zulueta, como si se los hubiera tragado la tierra o un agujero negro y nunca hubieran existido, o bien serían abducidos tanto por la fama como por las adicciones. Esos pájaros negros que terminarían por arrinconarles en espacios mentales probablemente no tan diferentes de los que aparecen en las magnéticas secuencias rodadas por Iván Zulueta. Un verdadero Quijote cinematográfico. Una mezcla entre un villano de Dumas, un galán italiano y un peluquero de moda.
No obstante, me parece que el fatal destino sufrido por muchas de aquellas refulgentes estrellas fugaces que triunfaron en los 80 es extensible también a la sociedad española (y occidental) en su conjunto. Cientos de miles de personas con más o menos creatividad que han acabo sepultadas en sus hogares. Aisladas. Alejadas de la calle. Rodeadas de pantallas por las que son vampirizadas dentro de habitaciones que son un reflejo de la caverna platónica, en las que viven pendientes del polvo blanco, la amistad virtual o el nuevo selfie. Los Megusta. Combatiendo a imaginarios fantasmas, personas cuyas palabras aparecen desprevenidamente en la pantalla de la computadora, como lo hacían invisibles voces en la mente de los mórbidos protagonistas de una película que mira de refilón tanto a Antonin Artaud como a David Cronenberg. Pues es una rara avis. Una flor de Baudelaire pasada por el filtro de una máquina fotográfica que intuyó visceralmente en dónde acabarían los sueños de renovación y cambio de la sociedad española después de la muerte del dictador Francisco Franco: en el puro nihilismo. Y se atrevió a diagnosticar lo que ocurriría en nuestro país diez, veinte, treinta años después, ahorrándonos los fastidiosos discursos sobre la Transición y el Cambio. Retratando directamente el meollo de la cuestión: la absoluta destrucción de la vida social. El fin del pueblo y el sujeto ante el maremoto adictivo consumista.

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