Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Su contribución fue decisiva a una de las épocas más gloriosas de la odisea creativa de David Bowie. La que va de The man who sold the world a Pin Ups. Discos sobre los que ya todo está dicho cuya influencia fue mucho más allá del ámbito musical y aún continúan sobrecogiendo. Fomentando vocaciones y rompiendo el cerebro de adolescentes en formación. En todos ellos su guitarra se cierne agresiva. Suturando alegría pero también una intensa melancolía y tristeza. Por momentos, se mezcla perfectamente con la voz de Bowie y con los teclados, desaparece o llena de metralla el sonido. Es, sí, una guitarra mutante. Una guitarra que nunca está quieta. Siempre está experimentado. Volando. Rasgando velos. Flotando y descendiendo. Introduciéndose en los más escarpados y ariscos lugares. Logrando un sinfín de misteriosas resonancias que lo mismo rememoran a las películas de ciencia ficción, a los círculos ocultistas o al sexo más orgiástico y pervertido. Siempre, eso sí, con una delicadeza y una ambigua elegancia que, no importa lo lejos que apuntara y llegara, se encontraba tan cerca del barrio como del manicomio. Transmitía a la perfección la ira y el extravío de los lunáticos, los vagabundos y los locos. Un intenso extravío. Shalam
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