Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Ahí vamos:
En este sentido, la operación de transfiguración (que ¡ojo, no es tan estentórea como se puede deducir de mis palabras!) realizada por Villalba con el monstruoso complejo vacacional, me recuerda a la llevada a cabo por Hayao Miyazaki con el parque de atracciones abandonado que aparece en El viaje de Chihiro; al que el creador japonés supo dotar de un componente gótico y fantasmagórico que, en el caso de Hombre pasea conejo, es ampliado por la voluntad lúdica del escritor murciano. La cual contribuye a ofrecer una visión psicodélica, repleta de claroscuros y misteriosa de La Manga que sin eludir los tópicos ni la cutrez propia de este atentado urbanístico, lo reinventa, dándole visos de catedral postmoderna donde es prácticamente imposible vivir una experiencia real.
¿Qué elementos utiliza Alfonso García Villalba para ofrecer su perspectiva sobre este monumento vacío construido en menos de medio siglo en el sur de España? Tres muy bien escogidos. Un laberinto subterráneo y acuático sobre el que un empresario llamado Cumas Baba planea construir un campo de golf; una droga, Beta, que el protagonista toma a menudo y lo (y nos) conduce a confundir sueño y realidad y a tornar de colores ácidos y poliédricos la narración; y, por último, las alusiones a los documentales de conejos cuyas frecuentes apariciones y desapariciones en el texto, contribuyen a la sensación de irrealidad e inestabilidad. Como lo hacen también esa experiencia leve, narcótica en que termina por transformarse la fiesta que se desarrolla en la isla del Barón y algunas de las mujeres de la novela más parecidas a muñecas de goma, espectros recién salidos de un comercial televisivo, medusas o libélulas, que a personas de carne y hueso.
Uno de los aspectos más meritorios de la novela consiste, bajo mi punto de vista, en que en vez de perderse en digresiones estériles para introducirnos en este monstruo arquitectónico, Villalba encadena las diversas escenas que componen su texto como si fueran flashes, fotografías o ráfagas de luz. Acaso capturas de pantalla o flashes incandescentes que contribuyen a la suspensión del tiempo y a la evolución en el vacío de una narración que camina en zig zag, a saltos, (como lo hacen los conejos), con transiciones rápidas (se notan las frecuentes lecturas de escritores japoneses), levedad (las de Calvino) y soltura casi pop. Dejando que los fogonazos que se producen en la mente del protagonista (no es casualidad que sea fotógrafo) se vayan sucediendo sin cortes haciéndonos participar de un recorrido que, entre referencias a Vampyros Lesbos, Károly Kerényi, M.C. Escher, granjas porcinas, el videojuego Minecraft y el Comecocos alcanzará su clímax con el onírico coito que se lleva a cabo en una cripta laberíntica mientras suenan dos conocidos temas de Kraftwerk y el Dúo Dinámico.
Texto alterado y en metamorfosis constante, Hombre pasea conejo se sitúa, por tanto, justo en el límite de la narratividad. En un terreno donde las referencias que se utilizan son tan importantes (o más) que los acontecimientos narrados pues son la guía para interpretarlos. Un ejercicio que no es tanto aquí un acto de canibalismo cultural sino un medio para explorar cada uno de los recodos de un mundo que tiene un aspecto muy parecido al laberinto que nos presenta García Villalba en su novela. Esto es; una construcción donde cabe prácticamente todo (agua, toboganes, televisiones), se sitúa cerca de un lugar símbolo del capitalismo (centro de compras, ocio, económico o vacacional) y no necesita de minotauro en su interior porque la flexibilidad de nuestra época permite que pueda aparecer bajo cualquier fisionomía.
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