Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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La cita, sí, es larga pero ciertamente merece la pena por reveladora. Puesto que permite vislumbrar con claridad el origen de esas sociedades posmodernas en las que el arraigo histórico y la identidad son en parte invalidados y la fusión virtual de todos los tiempos y culturas parece hacerse posible momentáneamente.
El comerciante de Buffalo o de Detroit está tan bien abastecido como el de Nueva York. Las fábricas de Lyon trabajan tanto para uno como para el otro. Si se aleja de las grandes rutas y se adentra por senderos apenas trazados, llegará a un campo desbrozado, una cabaña construida con troncos mal escuadrados, donde una luz escasa entra por una estrechísima ventana. Creerá entonces haber llegado a la morada del campesino norteamericano. Error. Penetre en esa morada, semejante al asilo de todas las miserias, y descubrirá que el dueño del lugar está vestido con las mismas ropas que usted, y que habla el lenguaje de las ciudades; sobre su mesa podrá observar libros y diarios; él mismo querrá llevarlo aparte para informarse acerca de lo que está pasando en la vieja Europa y preguntarle qué es aquello que más le ha llamado la atención de su país. Sobre un papel, trazará un plan de campaña para Polonia, y le enseñará gravemente aquello que aún resta por hacer en pos de la prosperidad de Francia. Tendrá la impresión de estar frente a un rico propietario temporalmente instalado -un par de noches apenas- en un coto de caza. Y, en los hechos, para el norteamericano la cabaña de madera no es sino un refugio transitorio, una concesión temporal impuesta por las circunstancias. Cuando los campos que la rodean estén totalmente conectados entre sí, y el nuevo propietario pueda ocuparse libremente de las cosas agradables de la vida, una casa más espaciosa y adecuada a sus hábitos reemplazará la log house y servirá de refugio a sus numerosos hijos, que algún día también habrán de fundar su morada en el desierto». Shalam
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