Brutalidad
Motorpsycho es la estatua de sal del rock contemporáneo. Un grupo capaz de hacer rememorar algunas de las facetas y aspectos más ocultos y sagrados...
La gran genialidad de la Alice Cooper Band fue reflejar todo ese mundo inhóspito, oscuro y oculto en varios discos que además de ser piezas gloriosas de rock psicopático y salvaje, casi rituales primitivos de magia negra, eran una de las mejores descripciones de la América profunda y enterrada que se han hecho jamás. Eran un excéntrico complemento de aquellas sinfonías de horror fílmicas de las que fueron contemporáneos –La profecía, El otro, El exorcista– y un preludio de la aparición de un sinfín de desquiciados monstruos -Jason (Viernes 13), Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street) o Michael Myers (Halloween)– que no por casualidad invadirían las pantallas norteamericanas durante años de fiebre consumista, música FM, edulcoradas rubias platino y muñecas playboy, a las que el contorneo parecido al de una serpiente de Alice Cooper por los escenarios amenazaba de muerte.
Los discos de Alice Cooper Band fueron la banda sonora perfecta para ilustrar el desencanto hippie. Lo que ocurrió en la mente del ciudadano norteamericano medio cuando, debido a las ilusiones creadas por la inminente llegada a la luna se pasó años mirando hacia el Universo o viajando dentro de sí mismo (el LSD) y, tras el fracaso de sus expectativas, se vio obligado a mirar de nuevo los parajes y edificios que lo rodeaban. A cambiar la ciencia ficción por los viejos textos de Edgar Allan Poe y Washintong Irving. De hecho, justo cuando Pink Floyd o Yes comenzaron a eclosionar, insistiendo en que todavía, de alguna manera, era posible continuar viajando, retomar el sueño libertario por otros conductos más progresivos e imaginarios -que es lo que en el fondo fue el rock sinfónico- apareció este cuervo graznando. Esta señorita cuyo nombre evocaba el de una antigua hechicera, gritándole a sus compatriotas que estaban encerrados en un inmenso castillo sin paredes con un áspero vozarrón y un sinfín de guiños rebeldes y trucos teatrales. Torturados eruptos y aullidos apocalípticos ideales para planear por discos plagados de odas dedicadas a la memoria de adolescentes, inadaptados y desencantados, borrachos aislados y drogadictos enganchados a las películas de terror, entre los que es de suponer que se encontrarían Stephen King, Tim Burton o Thomas Ligotti. Toda una generación de muchachos empeñados en construir con guitarras tortuosas y metáforas quejumbrosas y viciosas el arte de su tiempo. El conducto espiritual para soportar el lento resquebrajamiento del planeta.
En cualquier caso, aquellos escarabajos maravillosos, esas surreales mariposas negras, («Love it to death«, «Killer», «Muscle of love», «Billion dollar Babies» o «School’s out»), no terminaban de alcanzar su sentido hasta que no eran interpretados en el escenario. Pues eran prácticamente operetas rock. Melodramas realizados para ser narrados ante el público en conciertos que eran casi invitaciones a morir en la silla eléctrica. Dejarse fustigar por un enmascarado. Psicoanálisis colectivos y catárticos realizados con la mirada puesta tanto en el teatro de la crueldad de Antonin Artaud como en todos aquellos espectáculos ya mencionados que recorrían la América del Siglo XIX y post-crack del 29, que son ya historia del rock agrio e incontrolable y casi que del arte negro y destructivo del siglo XX.
De todas maneras, puede que (además de la sinuosa dulzura, casi añeja inocencia, de muchas de sus composiciones), lo más inquietante de aquella banda, fuera el contraste entre el siniestro comportamiento de su cantante, Alice Cooper, las vibraciones oscuras y atormentadas que éste transmitía y la placidez y serenidad que poseía cuando retomaba a su vida real y volvía a ser Vincent Fournier. Su verdadero nombre e identidad. Sobre todo, porque esa oposición entre ambos yoes que desorientaron posteriormente a Vincent (o Alice), conduciéndole al alcoholismo y a las más severas depresiones, no era en absoluto azarosa. Al contrario, era la metáfora perfecta -la que faltaba- para definir a su patria. El comportamiento aparentemente tranquilo y cordial, en favor de los valores democráticos y la libertad que el país norteamericano propagaba, que tanto se contraponía a su violenta conducta en cuanto debía pasar a la acción e intervenir en un asunto (que en su caso, era casi un eufemismo de invadir otra nación). Hechos que mostraban que Alice y Vincent no estaban divididos en dos por casualidad sino por razones deterministas. Porque no podía ser de otra manera habiendo nacido en el corazón de una tierra de la que pronto, muy pronto, emergerían otro puñado de aliens, extrarrestres musicales como New York Dolls, Kiss o los grupos de glam de los años 80, a los que podríamos considerar quebradizos hilos, putrefactos gusanos surgidos de la mente de Alice Cooper. Un ser condenado a luchar y sobrevivir combinando, como si fuera una creación de Robert Louis Stevenson, dos personajes abrasivos y mentirosos.
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