Las desapariciones (1)
Dejo a continuación un avería sobre un libro que me ha parecido fascinante: Las desapariciones. Una sutil maravilla de Hilario J. Rodríguez que no...
Conservo varias imágenes de mi lectura de Al límite y en todas ellas hay A.O.R. Pienso en su protagonista, Maxime, poniéndose un elegante traje y dejando a sus hijos en la escuela antes de comenzar una jornada de trabajo e inmediatamente escucho virginales melodías acariciando mis oídos. Suaves acordes de guitarra acompañados de voces angelicales. Y este mismo proceso se repite cuando Las Torres gemelas caen, Maxime se interna en los estertores y basurero de la web profunda, hace el amor de manera violenta con un bulldog a sueldo de la administración de Bush o se siente amenazada por el terrorismo islámico, checheno, ruso y hasta por su propia sombra. Y por supuesto que también escucho apolíneas voces y angélicos teclados en medio de fiestas por la apertura de no sé qué corporación, compras compulsivas en centros comerciales, conversaciones acerca de videojuegos, desfalcos al fisco, dietas y gimnasios. En medio de secuestros, desapariciones, desorientación y pánico. Y al abrir y cerrar las páginas del libro.
Lo que hace Pynchon en el primero de los casos -el best- seller o la novela norteamericana contemporánea- es edulcorar el estilo. Aminorarlo secretamente construyendo pautas argumentales legibles cercanas a la novela negra. Y en el segundo de los casos -las teorías de la conspiración- colocar todas, unas frente a otras, de tal forma que se revelen tan absurdas e incomprensibles como la realidad que los Mass-Media intentan inocular. De hecho, esta es la grandeza de Al límite. Que Pynchon no intenta ni por supuesto necesita demostrar ninguna de las decenas de teorías conpiranoicas que sobrevuelan su novela -a imagen extrema de lo que ocurre con el Internet real- sino que les da voz a todas, absolutamente a todas, hasta provocar desgana hacia ellas. Concitar el absurdo no exento de hastío a su alrededor. Y que esto lo hace sin traicionar, obviamente, sus rasgos estilísticos que, en este caso, -ya lo dije- se encuentran adaptados al género best-seller. De hecho, en esta novela escribe como si fuera un cantante de A.O. R. Como si fuera el front-man de Boulevard, Magnum o Survivor aleccionando a su público a no rendirse, continuar en pie, avanzar, cabalgar, vivir, respirar, amar, regalar, comprar, consumir, consumir, ser feliz y consumir y, en medio de su optimista discurso, se fueran introduciendo mensajes subliminales, frases cortas desmontando el esperanzador discurso hasta agrietarlo y convertirlo en un fantasmagórico territorio donde únicamente reinara la incertidumbre.
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