Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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No obstante, los problemas maritales entre ambas parejas, (que terminaron propiciando sendos divorcios), fueron la horma del zapato de un proyecto ensoñador cuyo epílogo vino marcado por dos discos –Super Trouper y The visitors– realistas, con cierto aire pesimista, y muy maduros. Un fin de fiesta muy logrado que humanizó a la banda, hizo poner los pies en la tierra a sus seguidores y hubiera sido digno de haber sido llevado al cine por Ingmar Bergman. Quien por entonces estaba llevando a cabo una muy sutil exploración de la naturaleza de las relaciones amorosas en su cine y abordaba las separaciones de pareja con una mirada que hubiera sido muy relevante para los fans de Abba que, con tanta tristeza, lloraron el final de un grupo que parecía eterno. Inseparable. Indestructible. La viva imagen de la felicidad heterosexual y marital. Dioses nórdicos que componían increíbles canciones de cuatro o cinco minutos como quien respira, llevaron los arreglos orquestales a otro terreno y condujeron a tal nivel de precisión el arte pop que, aun y a pesar del tiempo que ha pasado desde su separación, sus discos no han perdido vigencia alguna. Continúan manteniéndose juveniles, brillantes y relucientes, casi como el vestido sin estrenar de una adolescente o unos zapatos sin usar, en medio de los cientos de crisis y explosiones que han terminado convirtiendo este mundo en un agujero oscuro muy alejado del que pintaba la banda sueca en la gran parte de sus canciones. Canciones que fueron la sublimación absoluta del espíritu juvenil de su época. Un cruce de anhelos y deseos masculinos y femeninos que transformó la música pop en una eterna primavera y los besos y caricias amorosas en la mejor excusa para componer arrolladoras sinfonías galácticas. Shalam
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