Un Camino. Días 39 y 40
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé de los días 39 y 40. ¡Ahí...
La noche del 14 de mayo del año 2016, el espíritu de Alicia Hermosilla fue visto desplazándose por las mugrientas calles del condado de Cartagena.
Un orificio narrativo parecido a un vestido negro y arrugado de bruja creado por el escritor norteamericano H.P. Lovecraft tras regresar extasiado, realmente asombrado, de una visita a la mansión donde vivió encerrada durante largos años la hechicera Emily Dickinson. Una muchacha solitaria alejada de toda vida social que, durante su voluntario encierro en la casa regentada con extraordinario rigor y severidad por su padre -un descendiente de uno de los jueces que habían dictado sentencia contra varias muchachas acusadas de brujería en Salem siglos atrás- se dedicó a componer poemas, textos desnudos y breves que eran, en realidad, sortilegios, hechizos, conjuros sagrados a través de los que intentaba comunicar con el territorio de los muertos. Establecer un enlace entre varios tiempos y mundos de tal modo que hubo quienes consideraron sus poemas como lágrimas de dolor o fragmentos rotos del libro Necronomicon.
Un conjuro mágico que, como toda la obra de H. P. Lovecraft, jugaba un papel trascendental en Bruja. Sobre todo, en sus primeras páginas. Aquellas en las que, en mitad de una biblioteca en llamas, una joven muchacha comenzaba a recitar palabras antiguas en un idioma extraño logrando convocar el espíritu de una asquerosa, sucia hechicera parecida a un animal salvaje que se abalanzaba sobre las decenas de cadáveres que la rodeaban destrozando sus vacías almas llenas de grietas. Y después, frente a los restos de huesos y trozos de carne arrojados al suelo, elevaba sus brazos al cielo y declaraba su lucha a muerte a dios puesto que, según confesaba, para conseguir amar a nuestros semejantes, primero hay que odiarlos. Hay que destrozar a martillazos la tierra, romper los cofres de bronce y dejar emerger de ellos los diablos rojizos que habitan en el corazón de los hombres y son alumbrados con lujuria y calor en el vientre de las mujeres. Y también si es posible golpear al enemigo con la esperanza de aturdirlo, destrozarlo y aniquilarlo. Pues únicamente así existirá un tiempo para el amor. Sólo convirtiéndonos a nosotros mismos en espadas de fuego egoístas, podremos construir versos que borren de una vez y para siempre de la faz de la tierra, todos los poemas sobre rosas, muchachas hermosas y vidas estériles que existieron, existen y existirán en este mundo.
Exactamente, Bruja era un libro que mordía. Convocaba sueños y tempestades. Porque, aunque cada palabra había sido tallada con el esmero con que la porcelana es barnizada, había sido escrito con rabia, casi con saña. Era una novela parecida al pico de un cuervo, a un confuso sueño del Marqués de Sade o una canción escuchada al revés de David Bowie.
Ciertamente, cuando Emily abría la edición de Bruja forrada con las costuras de un tapiz persa de origen safávida, sentía que aspiraba el sabor de los días. Que podía hacer desvanecerse el rostro de aquel monarca árabe que se le aparecía noche tras noche en sueños, amenazándole con cortarle la cabeza de un tajo si no seguía narrando historias, escribiendo poemas. Y evitar al fin esos gritos que escuchaba diariamente procedentes de los sótanos y los subterráneos de su mansión que la hacían enloquecer: «La, la, la, la, la, la, la».
Cánticos nocturnos que sonaron espectralmente en medio de la librería en donde se encontraba el espíritu de Alicia, provocando su temor porque de la novela Bruja emergían unas palabras que parecían sangrientos dientes tiburón recorriendo sin miedos los océanos: «Violarme y seré libre. Asesinarme y seré libre. Deseo la muerte al destierro, la violencia al reposo, el sexo al amor y el fuego del odio al de la misericordia. Soy multitud de vaginas infernales siendo incineradas. La destrucción de los niños derruidos y de la tecnología. Porque yo, únicamente y solamente yo, soy una bruja. La bruja que al mirarse en el espejo pervierte sus reflejos. La bruja que desciende sobre el cuerpo de las adolescentes obligándoles a masturbarse. Y la bruja que desearía destrozar la literatura para que el mundo de las palabras se acabara para siempre y llegara el de las sensaciones. Montones de orgasmos vibrando en el fondo de cuerpos sin cerebro muertos, agolpados en los infiernos haciendo felices a viejas arpías y demonios».
Frases soñolientas y ensangrentadas que ahuyentaron al espíritu de Alicia Hermosilla, haciéndole saber que tal vez por abrir las páginas de Bruja, las compuertas que separaban el mundo de los vivos del de los muertos se habían roto definitivamente y sus compañeros de encierro en el purgatorio se encontraban libres.
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