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Life

Feb 20, 2026 | 2 Comentarios

Tengo un especial cariño por Life, el disco que, junto a Crazy Horse, Neil Young publicó en 1987. Este álbum ocupa un lugar único en mi corazón. ¿Cómo no, si fue el primer LP que compré del titán canadiense? Debo reconocer, eso sí, que lo adquirí por error, arrastrado por la confusión adolescente: su título me despistó; creí que era un álbum en directo y, por tanto, una forma ideal de comenzar a introducirme en su vasta discografía. Obviamente, no era así, pero no llegué a darme cuenta hasta algunos años después. En los 80 no existía tanta información como ahora; los créditos aseguraban que algunas canciones del álbum habían sido grabadas en directo y yo no conocía lo suficiente la discografía de Neil Young como para saber si estaba escuchando clásicos o temas nuevos.

En cualquier caso, no lo ignoré. Life no se convirtió en mi disco favorito, pero tampoco lo relegué. De vez en cuando escuchaba “Inca Queen”, “Too Lonely” o “We Never Danced” sin saber si eran clásicos secretos o recién nacidos que nadie celebraba. Me bastaba su sonoridad: cruda y sofisticada, atravesada de guitarras y sintetizadores, para disfrutar. El álbum no podía compararse con las marcianadas de Bowie, T-Rex, Radio Futura, Beach Boys o Billy Idol, pero era un buen disco: sensible, hermoso, discreto y también bello. Una carta de amor y desencanto lanzada a la deriva desde la cabina de una nave vieja cruzando los años ochenta.

No obstante, todo cambió una tarde en la playa. El día anterior yo había regresado a casa al amanecer; estaba muy cansado, comenzaba a anochecer y puse el disco en mis walkman. Me dormí escuchando la voz de Neil, y luego desperté justo cuando el sol se despedía lentamente. Todo era bello en ese momento: yo, adolescente; la estación, el verano y, de fondo, canciones como «Inca Queen», «When Your Lonely Heart Breaks» o «We never Danced». Así que es comprensible que Life pasara a formar parte de mi memoria personal y que, en cuanto acabó el estío y volví a la ciudad, caminara raudo a la tienda de discos para hacerme con Harvest. ¡Palabras mayores! 

Como se puede deducir, y ya he indicado, Life es un disco al que le tengo muchísimo cariño. Probablemente esté entre mis cinco favoritos de Neil Young. Lo que sí es seguro es que siempre aparecería entre los diez primeros, porque es casi un fetiche personal, una especie de amuleto. Es uno de esos discos a los que vuelvo cuando necesito reconectar conmigo mismo, y que siempre me alegra el día. Lo mejor de todo es que sigue emocionándome. Continúo descubriendo aristas, detalles y matices nuevos en él.

Con el tiempo, claro está, he ido comprendiendo mejor los motivos por los que genera cierto desapego o indiferencia entre los seguidores más fieles del canadiense y, en otros casos, un entusiasmo discreto. Quizá por eso me parece necesario —casi una deuda personal— detenerme en las circunstancias personales y sociales que dieron origen a Life. Allí, sin duda, se encuentran muchas de las claves para (re)descubrir un álbum que, para muchos, sigue siendo un misterio a medio revelar.

Life

La década de los 80 fue muy dura para Neil. Contemplándola desde cierta lejanía, creo que, más incluso que el giro estilístico del rock y de las modas, hubo un acontecimiento biográfico que lo marcó, casi lo destruyó personalmente, y lo hizo entrar en aquella época con el pie cambiado. Me refiero, claro, al nacimiento de su segundo hijo, Ben, con tetraplejia y parálisis cerebral, fruto de su matrimonio con Pegi Young. Un golpe muy duro, que se multiplicaba al infinito teniendo en cuenta que su primer hijo, Zeke, nacido en 1972 de su relación con la actriz Carrie Snodgress, también había nacido con una parálisis cerebral.

Neil Young seguramente tuvo que culparse en repetidas ocasiones por su infortunio. ¿Qué pecado estaba pagando? Pasó meses enteros buscando soluciones a los problemas de Ben, recurriendo a terapias y acudiendo a centros especializados de toda índole y a hospitales. Su foco, por tanto, dejó de estar en la música. Seguía siendo, sí, una leyenda, pero era una leyenda en apuros, destruida moralmente, preocupada. Era un titán caído que buscaba redención y ayuda, sin saber bien cómo encontrarla. Era un hombre desnortado, sin mucho a lo que agarrarse.

A decir verdad, Neil había atravesado sin despeinarse la era punk. El lirismo y la agresividad de sus discos lo convertían en un forajido, al margen de los exabruptos de los nuevos y sucios rebeldes. Pero el techno lo dejó fuera de juego. De repente, se vio envejecido, casi como una chaqueta deslustrada o un coche pasado de moda, no sólo en lo personal sino también en lo musical y estilístico. Young, obviamente, no se rindió, pero tal vez por la crisis moral de la época, la oleada de sintetizadores, la llegada de la MTV y los problemas con sus hijos, que le obligaron a distanciarse del foco del rock, cayó en la mediocridad y la asepsia creativas. Realizó una gira europea en la que perdió muchísimo dinero, grabó discos desangelados que parecían descartes de otras obras y que no hubieran pasado del local de ensayo en la época de Zuma y, por si fuera poco, se atrevió con el vocoder y experimentó con los sintetizadores como si fuera un miembro de Kraftwerk o Ultravox y no un huracán, un tornado del rock. El puto Neil Young. Una fiera suelta, con una rabia interior incombustible y una sensibilidad insuperable.

Obviamente, no todo era desorden, apatía, tristeza y desorientación ni en su vida ni en la música. Hubo algunas giras, y conciertos concretos en aquella época en los que Neil sacó la guadaña, provocando incontenibles ventoleras en clubes y estadios. Pero, en general, había una sensación de extravío y dispersión a la que, desde luego, contribuyó decisivamente el contrato millonario firmado con Geffen Records.

Cualquier fan de Neil estará harto de que le recuerden lo que ocurrió entre el músico canadiense y aquella compañía de discos, así que no entraré en demasiados detalles. Para los que no lo sepan, simplemente aclaro que David Geffen (fundador del sello) invirtió una gran suma de dinero en el músico canadiense, pero no encontró los resultados que buscaba. Young lo recibía con exabruptos, no aceptaba sus consejos y le enviaba discos que no sólo no recordaban a Harvest, a On the Beach o a Comes a Time, sino que eran casi un atentado a la leyenda que el músico canadiense había forjado.

A tanto llegó la irritación y la tensión que David terminó demandando a Young por realizar discos no comerciales y de baja calidad «adrede». Sin embargo, finalmente el tema se resolvió con la devolución de medio millón de dólares de anticipos del músico a la compañía. Un acto que le sirvió a Young como reivindicación de su independencia artística, como si dijera: “Prefiero perder dinero antes que perder mi voz”. El titán, sí, no estaba muerto, solo hibernando. Antes o después, iba a volver.

En medio de todas estas circunstancias, apareció Life. Una obra en la que, desde su portada (una fotografía de un fiero Young superpuesta sobre las manos de un hombre entre las rejas de una prisión), se hacía referencia a la situación de presión y de semiesclavitud creativa en la que el músico se había sentido con Geffen. Era ese, repito, un momento en el que casi nadie daba un duro por Young. La mayoría de fans estaban desconcertados o decepcionados. Pero una pequeña luz apareció de repente. Siempre que se ha encontrado perdido, Young ha recurrido a dos recursos que nunca le han fallado: volver a la inspiración lírica de Harvest o reunirse con Crazy Horse. En el caso de Life hizo lo segundo, aunque en parte también regresó a su vena poética más íntima y sensible. Pero lo hizo a su manera: combinando guitarras acústicas y eléctricas con opalescentes teclados y sintetizadores que servían, de algún modo, para recordarnos que todavía estábamos en los 80 y situar el disco en su tiempo. El grunge, claro, estaba a punto de llegar, pero todavía no había estallado, así que sacar un disco únicamente con guitarras parecía completamente fuera de lugar.

Yo amo los sintetizadores, amo el techno; mi problema tiene más que ver con la mala utilización de los efectos de estudio (en este caso, los overdubs) y los teclados que con los instrumentos en sí mismos. Y, si bien creo que Neil no llegó a utilizarlos ni a darles el tono adecuado en Trans, sí lo logró plenamente (o, al menos, se aproximó mucho más) en Life. Solo por eso, Life merece destacarse; puede considerarse casi un monumento, porque es el disco donde Neil combina sintetizadores y guitarras con más belleza y maestría, sin perder contundencia. Tal vez, es cierto, esa combinación les restó cierta autenticidad, pero, a cambio, envolvió en una poesía noctámbula y exquisita a muchos temas del LP.

Otra de las características del disco es el hecho de que muchas de sus canciones fueron interpretadas en directo durante el Rusted-Out Garage Tour, una gira realizada en 1986 en apoyo al LP Landing on Water. Casi todos los temas (siete de nueve) fueron posteriormente arreglados y retocados en el estudio a partir de la toma original en vivo de un concierto en California. Una operación que el músico ya realizó en Rust Never Sleeps y que explica el título del álbum y la confusión que me llevó a pensar, aquel lejano día en que me lo compré, que me encontraba ante el típico directo recopilatorio de un artista consagrado.

En fin, ¿qué puedo decir del disco? Cuando Life apareció, Neil estaba tan desorientado que incluso llegó a declarar que tal vez esta sería su última obra junto a Crazy Horse. Sus últimos conciertos con ellos habían sido un tanto frustrantes y la relación era cada vez más tensa.

Yo, en cualquier caso, no percibo nada de eso. A mí, Life me trae muy bellos recuerdos. Se abre con un medio tiempo agresivo, poético y desgarrador: «Mideast Vacation». Una bomba, una crítica a todo (a la política exterior estadounidense, a la arrogancia e ingenuidad de los norteamericanos, al mito del héroe yanqui, a la CIA y al sempiterno conflicto en Medio Oriente) y, posteriormente, continúa con varios temas en los que es capaz de unir folk, canción protesta, rabia, rock and roll y MIDI, con devaneos que recuerdan por momentos tanto a la New Wave como a la New Age.

Hay momentos («Prisoners of Rock’N’Roll») en los que se anuncia el futuro despertar del Young más fiero, se lanzan pullas nada veladas contra David Geffen y otros instantes («Too Lonely») en los que se reverdecen los tiempos en los que el rock era poderoso, y se filtra sin complejo el célebre riff del «Satisfaction» de los Stones. También hay espacio para una nueva y deliciosa reivindicación de las culturas aborígenes de América («Inca Queen») y para baladas que perfectamente podrían sonar en una emisora FM de noche, pero que también gozan de un lirismo y una emotividad poéticas que las emparentan, de lejos, con las odas del Young más campestre.

Life es, en realidad, un disco bello porque es cínico. No es tan desnudo y frontal como otros del canadiense. Pero en su cinismo es muy auténtico y veraz. Digamos que Young no estaba para casarse con nadie: ni con los hippies, ni con los amigos de Reagan, ni con su propia leyenda. El tipo seguía su camino como podía y eso es lo que lo hace a esta obra tan bella y entrañable. Porque, a pesar de sus imperfecciones, hay un poso de fragilidad y sinceridad en Life que conmueve.

A mí, al menos, me lleva conquistando desde varias décadas atrás. Por ejemplo, el tema final («We Never Danced») me parece tan emocionante como desolador. El gran Jack Nitzsche puso su mano en los arreglos de esta canción que, como las mejores de Young, parece estar a mitad de camino del paraíso. En ella, el canadiense habla de un salón de baile que se encuentra entre el cielo y la tierra, y lo hace con tal ligereza y tristeza que es inevitable no sentir congoja cuando la música termina y se hace el silencio. Yo, desde luego, recuerdo perfectamente lo que sentí al escucharla en la playa durante mi adolescencia: agradecimiento, paz y conciencia de que la música era promesa de dicha y eternidad.Shalam 

الجنون ليس شائعاً بين الأفراد، ولكنه هو القاعدة في الجماعات والأحزاب والمجتمعات.

Entre individuos la locura no es frecuente. En grupos, partidos y pueblos, es la norma

2 Comentarios

  1. andres rosique moreno

    1imagen…»un condenado a muerte se ha escapado»-1956-bresson
    2imagen…harvest caldo lento (slide guitar)…(muy sensible)….
    3imagen…»un condenado a muerte se ha escapado»1956-bresson
    dentro de la lata que baja hay una llave…jajajjj….
    4imagen….eso es el universo…..
    5imagen…estoy muy rabioso (b.dylan)….
    6imagen…pero que me cuentas bro…..
    7imagen….(ariete del castillo)….
    8imagen…el granjero elvis…..
    PD….doctor harry nilsson…1971…coconut….(kid creole)
    https://www.youtube.com/watch?v=TsSuueEGQSM&list=PLgaFNC_I_ZkmJDk8iL9N6-Lwyx5jtYNtk&index=6

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Una vez.. yo y mi amigo Fugee cantamos un canción en la que versionábamos el «Under Pressure» de Queen en clave amor.. y era algo así…. «PReso que yo me siento así en mi habitación la cárcel del amor»..jjaj 2) letras muy country.. imagen muy country.. muy suave.. jjaj. 3) Una pantera ruge.. en medio de la desolación..jaj 4) Fiesta country.. por ahí está la barbacoa. 5) Soy un operario con tuercas, tornillos y una máquina de escribir. Trabajo duro. 6) Te paso dólares por aquí y por allá. Hay buena merca en Dallas por cierto. Las chicas de California espectaculares. 7) ¿Qué pasa? ¿Te atreves ahora a vacilarme? 8) Me falta la pistola para ser el amo de América. PD: muy funky Nilsson. una copita y un martini. Chulo.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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