Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Pasolini se atrevió a fusionar en su cine dos conceptos que el catolicismo separó y el paso del tiempo agrandó –véase el estallido científico, las dos guerras mundiales y toda la curva de pensamiento post-Hiroshima-: verdad y realidad. Dos aspectos que, en principio, podrían parecer sinónimos pero en absoluto lo son. De hecho, son muy difíciles de conjugar aunque Pasolini sí consiguió hacerlo. Entendiendo lo real en su más amplia medida –desde el exabrupto, el uso vulgar del lenguaje, el bostezo, la sonrisa o el charco preñado de suciedad y estiércol ubicado en un pantanal- como una fuente de poesía y de belleza donde se revelaba lo divino y, por tanto, nacía y se abría la verdad total. Un todo incontestable que albergaba al ser humano en su seno, tal y como lo hacen las melodías de Johann Sebastián Bach en algunas de sus películas, permitiendo al espectador cobijarse para asistir a los misterios velados y ocultos de la creación.
Para Pasolini, lo divino no debía de encontrarse distanciado de lo humano tal y como lo humano no había de estarlo de lo natural. Y por eso fue capaz de encontrar belleza en lo real. Sin eludir filmar, por ejemplo, la sangre que el mundo menstrua cada cierto tiempo para recomponerse ni negar que esa sangre es la mayoría de las veces la de los asesinatos, el sudor, la fuerza y el coraje de tantos y tantos de los seres humanos (intensamente reales) que aparecen en su cine. El cine de un hombre que fue un profundo amante de la vida y que, por tanto, desarrolló un intenso amor hacia la clase proletaria y el comportamiento de las clases más bajas de la Calabria, Nápoles; de esa Italia del Sur donde, a pesar de su aparente aislamiento, fealdad y falta de compromiso, Pasolini reconoció que se encontraba la verdadera vida de su país. Las personas que le daban unos signos de identidad robustos a la sociedad. De hecho, vislumbró que entre losdelincuentes, matronas y advenedizos se palpaba la tragedia con tal intensidad que la mayoría de sus vidas revelaban con absoluta claridad muchas de las más procelosas mentiras de la sociedad de consumo. Su auténtico rostro y realidad. Ya que el delincuente, el asesino, el estafador y el clásico ladrón callejero italiano no eran, en la mayoría de los casos, más que chivos expiatorios, actores desfavorecidos que permitían vislumbrar con claridad el primer crimen social (origen de lo cultural) cometido con anterioridad que salvaguardaba a las clases burguesas en sus recintos cerrados.
Realmente, el que el cine de Pasolini no haya tenido prácticamente continuadores y resulte difícil de citar (más allá del sencillo, sentido y logrado homenaje de Nani Moretti en Caro Diario), creo que se debe a la miopía con la que se ha leído su acercamiento al vulgo. A la plebe. Su exaltación de la vida campesina y las pandillas y el punto de vista muy próximo al gnóstico desde el que abordó las relaciones entre el cuerpo y el hombre o la carne y la tierra. Las dimensiones simbólicas de lo material vinculadas a la historia de lo espiritual.
Así es el cine de Pasolini. Una búsqueda directa y frontal de quién fue la primera religión o estado que intentó suplantar a dios en vano y lo asesinó. Un guantazo a la aparente santidad de las naciones cristianas. Su pulcritud. Una invitación a pensar Occidente desde la historia del incesto original. Teniendo en cuenta los inocentes que hubo que exterminar o marginar para construir su actual opulencia: esas catedrales y ciudades asépticas, aparentemente ajenas a conflicto alguno entre castas o tribus.
Aun a fuerza de ser reiterativo, sí que me gustaría decir, a modo de conclusión, que tal vez, a día de hoy, y dada la crudeza del cine de Pasolini y la radicalidad de sus planteamientos, parezca retrógado volcar de nuevo la atención sobre uno de esos escasos hombres que aparecen de tiempo en tiempo y casi por una suerte de destino milagroso consiguen que el verbo se haga carne merced a una actitud intachable tanto en su vida como en su obra –o al menos sin contradicciones entre ambas-. Pero lo cierto es que si Pasolini yace un tanto en el olvido o la indiferencia más absoluta, considero que es más debido al supremo grado de atrofia intelectual que recorre nuestras sociedades modernas que a causa de su misma obra. De hecho, Pasolini siempre fue consciente de esto. Y estoy seguro que no se sentiría sorprendido al constatar cómo su intensa creación va apartándose del ojo tanto de intelectuales como de curiosos del cine en general. Va quedando cada vez más confinada al territorio de una rara avis. Algo que no sucede, entiendo, por otra razón, sino porque, en el fondo de su cine late el grito compungido, airado de todos aquellos hombres que nunca pudieron penetrar en las fronteras de la civilización. Los muertos por el hambre, la espada y la ruindad.
En suma, el cine de Pasolini es directo como la verdad y mucho más fácil de comprender de lo que parece. Como su Cristo. Esa paloma que trajo un mensaje que, a día de hoy, -y basta de nuevo acercarse a los oscuros motivos que pudieron decretar la muerte del cineasta- tampoco sería bien recibido: la necesidad imperiosa de que llegue el día en el que el hombre se enfrente a la ley, la retuerza y ésta quede asfixiada por su propio yugo. La incontestable necesidad de que el ser humano acabe, al fin, imponiéndose a la ley sin necesidad de derramar sangre alguna y comience a observar por una vez ese milagro que es la existencia y nuestro mundo con el mismo amor con el que pudo ser creado por Dios. Con la misma valentía con la que Pasolini construyó toda su obra para poder testificar ante Dios el día de su muerte que nada humano le había sido ajeno y exigir que nadie volviera a tomar el nombre del amor en vano a costa de morir sepultado en sus propios vómitos. El vómito y la diarrea de ambición que, lamentablemente, continúa envenenando y sepultando a muchos hombres de buena voluntad en las policiales, frías sociedades occidentales modernas. Shalam
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