Into the groove
La grandeza de Madonna radica en haber sido capaz de reinar en medio de las contradicciones. Basta mencionar su nombre para que un ejército de...
En realidad, tampoco debería ser tan extraño lo que comento. Las canciones de Dokken no eran ni trallazos ni golpes directos a la mandíbula. Más bien, eran telarañas. Se abrían y deshacían en los oídos como el polvo. Creaban atmósferas que remitían a otros tiempos y misterios. Y engrandecían su sentido si las situábamos en distinta época y contexto del que surgían. Tal vez en el mundo medieval o el de los sueños.
Muchos de los mejores temas de Dokken -esos que la mayoría del público rockero decía no entender o con los que al menos no empatizaba demasiado- eran pasadizos. Abstracciones mentales hechas realidad a través de instrumentos que funcionaban como lianas. Flecos y más flecos que, juntos, formaban una sinfonía sonora en la que la imaginación podía volar libremente.
Ya sea debido a uno de esos conjuros habituales del destino o a que los dioses escriben con renglones torcidos, Dokken es un icono heavy. Algo con lo que, por supuesto, estoy de acuerdo. Aunque, en realidad, a mí me parece mucho más sugestivo imaginar y escuchar su música en ambientes muy diferentes y distantes. Por ejemplo, contemplando una exposición de lienzos dedicados a la brujería a lo largo del tiempo o atravesando los corredores, empalizadas y habitaciones de un castillo medieval. Pues, en esencia, los discos de Dokken me parecen que sirven tanto como banda sonora de las leyendas de espada y brujería como para adentrarse en las zonas ocultas del presente. Observar nuestra realidad vuelta del revés en el espejo, como si en vez de ser escrita por dios, fuera urdida por diablos o por las alargadas uñas de una hechicera que, mientras cose y urde nuestro destino en una rueca, mastica lentamente el cerebro de un canario. Shalam
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