Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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¿Son caballeros medievales los protagonistas del lienzo de Bresson? ¿Qué es lo que son exactamente? A veces, cuando los veo luchar como en la sobrecogedora primera escena de esta respetuosa oración, pienso que son extraterrestres. Que no son humanos. O al menos que son hombres y mujeres desplazándose por un planeta lejano. Uno similar pero a la vez diferente de la tierra donde los sellos del Apocalipsis no son guardados por ángeles sino por lobos e hienas que estuvieron en el arca con Noé y cientos de lanzas sobrevuelan el horizonte sin detenerse nunca. Algo lógico porque nadie ha respirado, susurrado, dialogado, amado y caminado como ellos en ninguna obra cinematográfica. Nadie. Absolutamente nadie. Ni siquiera James Dean en Al este del Edén o Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo. Sus murmullos por ejemplo parecen proceder de un lejano territorio sobrenatural. Un territorio donde hay cientos de estrellas del mar incrustadas en caminos de tierra, la hierba reverdece y crece antes, los océanos son más profundos y los animales rugen con menor intensidad. Y es que Lancelot du Lac, sí, es un grabado en movimiento. Una performance sobre el alma cristiana y caballeresca. Un sueño perdido de Chretrien de Troyes. Una visceral, personal incursión en el ámbito espiritual del Medievo que en vez de despejar incógnitas las abre. Nos hace dudar de nuestros sentidos mientras nos interroga acerca de nuestros conocimientos del arte cinematográfico.
Lancelot du Lac no encaja en ninguna parte. Y nunca lo hará. Porque su tiempo es la eternidad. Es similar a la brisa. O el viento. Seguirá soplando cuando ya nos hayamos ido. Es una armadura que camina sola sin soldado que la porte y cuando se ve rodeada de enemigos los embiste sin miedo de caer al suelo y no levantarse jamás. De hecho, podría haber sido rodada por un monje, un eremita o por dios. Pues tengo la sensación de que si la divinidad existe, ha de percibir desde su atalaya al hombre como lo visualiza Bresson.
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