Un mundo sacro
Dejo por aquí un pasaje de un libro en el que estuve trabajando un tiempo. Aún no sé si incluirlo en algún borrador o dejarlo por ahí suelto,...
Todo, sí, bastante previsible y tópico si no fuera por la música del grupo sueco que contribuye a la creación de un ambiente denso y abigarrado y a que las imágenes sean expuestas como si formaran parte de un proyecto artístico. Una mezcla de snuff movie y documental con visos históricos ideal para ser proyectado en una sala de cine o teatro o dentro de una oscura habitación cubierta por un negro velo en un museo de arte contemporáneo. O mejor aún, en una habitación en la que una mecedora se mueve constantemente impulsada por el viento donde hay decenas de trajes similares a los de los cazadores desperdigados por el suelo y los muebles.
Aunque perfectamente puedo también concebir la música de Opeth ilustrando un film Giallo, muchas de esas errantes, extravagantes obras de Andrzej Zulawski o las más desquiciadas de Roman Polanski. Sobre todo, si nos referimos a su última etapa. La que va desde la aparición de Blackwaterpark (2001) hasta el reciente Pale communion (2014). Pues su música se encuentra a mitad de un camino donde se cruzan las esquizofrénicas, ingeniosas gamberradas de Andrzej Korzynski, los histriónicos latidos de los Goblin más salvajes, los rugidos titánicos y esforzados de Black Sabbath y el sinfonismo más deliciosamente abigarrado. Y con esos condimentos, (de los que su vertiente death metal como ha demostrado el paso del tiempo no era más que un un muro desde el que poder posicionarse para disparar) resulta difícil no regodearse en todo tipo de secuencias cruentas y esquivas a las que Opeth podrían servir de acompañamiento: desde escenas en las que varios caballos pelean a muerte y una fila de sacerdotes vagan perdidos, poseídos por espíritus debido a los actos cometidos en sus vidas pasadas, hasta cruentos aquelarres desarrollados en cavernas durante los tiempos de la Inquisición.
He de reconocer, por otra parte, que cuando observé la portada de Heritage me quedé sorprendido porque retrataba perfectamente el mundo que intento describir en Los puercos. El castillo que aparece ardiendo al fondo es muy similar al que aparece en Ruido y El jardinero y desde luego que el árbol del que penden las cabezas de los músicos me ha inspirado para colocar en la novela en la que actualmente trabajo otro del que cuelgan los bustos descuartizados de grandes artistas y escritores. Una advertencia de lo que puede (y va a ocurrirle) a quienes se les ocurra traspasar un límite; luchar por construir una obra que ilumine a la humanidad dentro de un mundo cada vez más áspero y cruento que no por casualidad entiendo que retratan perfectamente estos vikingos alucinados. Estos diabólicos enviados del Mesías en cuyas melodías se percibe no ya la consabida decadencia occidental sino más bien las fosas que se comienzan a abrir conforme la enorme catedral cae lentamente al suelo. Y a medida que su anunciado derrumbamiento se produce, las masas gritan sin aliento desesperadas y los buitres merodean cielos por los que vuela un planeta furioso destinado a estrellarse con el nuestro.
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