Un genio al que le gustaba sonreír
La palabra genio suele ser utilizada muy alegremente. Demasiado. Sin embargo, a Brian Wilson no le quedaba precisamente grande. Es de los escasos...
Del blues, como de muchos otros estilos artísticos surgidos durante el siglo XX, se conservan un gran número de grabaciones e imágenes. Por lo que más que una indagación o búsqueda de lo inexplorado, los siete documentales son una celebración. Ciertamente, todos ellos son de obligada visión pero, aún así, no me atrevería a afirmar que han sido capaces de atrapar el espíritu del blues en su interior. Más que nada, porque es imposible.
El blues, sí, es un tugurio derruido. Una tradición y estilo de vida nacidos de la desesperación, el desarraigo y la obcecación. Una prueba de que dios y el diablo son la misma persona y de que el alcohol es una bendición divina y el arte, la destrucción de cualquier límite. La aniquilación de la racionalidad. Porque, aún hoy en día, cuando muchos de los nombres que contribuyeron a forjar este estilo forman parte del imaginario colectivo occidental (y mundial) y se encuentran integrados al star system musical, su nacimiento provoca asombro. Se confunde con las leyendas y mitos sin aparente explicación. Y por ello es mucho más fácil decir qué es exactamente el blues moviendo el estómago, las piernas, contemplando un granero ardiendo, el rostro de un negro llorando con rabia mientras escupe al suelo o a Lita Ford elevándose por los aires sobre el cuerpo de Mickey Rourke en El corazón del ángel, que aplicando cualquier definición de manual. Porque, al fin y al cabo, la historia del blues, como la del ser humano, se escribe con renglones torcidos y ni tan siquiera el lenguaje visual puede revelar sus secretos ocultos. Shalam
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