La gran belleza
No comparto la opinión de quienes lo califican de obra maestra pero, desde luego, que considero La gran belleza un magnífico film. Hacía tiempo que...
En cualquier caso, si Fat city era bebop, Toro salvaje huele a filme italiano de postguerra. A jazz clásico y a rock. Es una película tan disfrutable por los amantes de The Rolling Stones como por los de Renato Carossone; por los prosélitos de Rossellini y los de la era dorada de Hollywood. De hecho, entre otras muchas cosas, es un homenaje al cine norteamericano de los 50 y, en concreto, al de Elia Kazan. Ecos de La ley del silencio y Un tranvía llamado deseo (y también de El buscavidas) resuenan en diversas escenas y, sobre todo, el seco y cortante blanco y negro logrado por Michael Chapman. Un blanco y negro opaco y descorazonador, sí, pero también real. Intenso, sabroso y lleno de vida como un buen plato de spaguettis.
La grandeza de Toro salvaje radica en su pureza. Scorsese tenía miedo de realizar un filme demasiado abstracto pero supo combinar perfectamente el sudor con la reflexión; la violencia con el escepticisimo; el toque suicida y el pasional. Y creó una obra realmente especial. Llena de ira pero también de melancolía y tristeza. Una oda al ocaso.
Una de las grandes virtudes de Toro Salvaje radica en que es un filme que habla directamente con cada espectador. A pesar de tener visos espectaculares, es una obra árida y escueta no apta para todos los públicos. Es una conversación de tú a tú de Scorsese con el fracaso. Es un whisky seco sin hielo. Un cuchillo afilado que no mira tanto al cine de Cassavetes o al de su época sino al clásico para magnificar la derrota de un boxeador, Jake LaMotta, que no era demasiado distinto de ninguno de nosotros. Era tan sólo una piedra rodante más de esas que suben las montañas con esfuerzo y luego caen y caen sin frenos por las laderas. Otro de esos animales del Bronx cuyo mayor rival y enemigo fue, ante todo, él mismo. Shalam
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