La región salvaje
H. P. Lovecraft es tal vez el escritor más actual de todos los clásicos. Tanto que no parece haber muerto hace casi ya un siglo sino encontrarse...

Decía Pier Paolo Pasolini que el fascismo siguió reinando (aun oculto) en Europa (y más, en concreto, Italia) tras las guerras que devastaron el continente. Y lo hizo con la ayuda de los mass-media, a través de la moda. Esclavizando a los ciudadanos libres a la ropa y el físico. Ajustando su imagen a un ideal que los manipulaba. Si a este paisaje, le añadimos unas gotas de capitalismo desenfadado y desatado y otras de crisis económica y de «spleen» latino y mediterráneo, nos haremos mejor la idea del campo de batalla retratado por Sorrentino. El poso amargo que deja su visión de una Roma a la que recubre de fantasía para destacar aún más su carácter de cartón piedra.
Hace unos días, de hecho, revisando el Casanova de Fellini, volví a deleitarme con el mar de plástico que el cineasta hizo construir para filmar los viajes por el mar del seductor veneciano. Y lo cierto es que ese decorado artificial parece más auténtico que los reales retratados por Sorrentino en La gran belleza. Una película que es tanto un retrato exacto de las funestas profecías de Pasolini como una oda posmoderna a las ideas de Gabriele D’Annunzio. Y acaso también una mirada desprejuiciada e incisiva a las bambalinas de un anuncio de Martini. Es, en definitiva, una ópera que retrata sin piedad el mundo adulterado y lleno de glamour que rodea a un escritor enamorado de una belleza distante y evanescente, que se le va de las manos conforme parecen escaparse para siempre los sueños de libertad, igualdad y fraternidad de una Europa aplastada por la dictadura económica y la servidumbre empresarial. Shalam
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