La ciénaga
Aunque últimamente intento centrarme en un solo disco o grupo para escribir, continúo mezclando lecturas con cierto instinto casi asesino. Lo que a...
Pronto, Fat city se convirtió en un libro icónico en Norteamérica. Algunos críticos y artistas alababan a Gardner como si fuera un profeta. Probablemente porque, sin necesidad de ser tan intenso y dramático como los escritores malditos, tan ingenioso como los pintores pop ni tan oscuro e incisivo como los autores de novela negra, fue capaz de captar la esencia de Norteamérica. De la gente común. Un país capitalista, sí, en el que, a pesar de sus reflectores, habían muchos más luchadores que triunfadores. Personas que se llevaban reveses cotidianos de sus amantes, matrimonios, jefes y el estado tan duros como los ganchos de los resistentes púgiles de boxeo.
Fat city era una camiseta interior de tirantes. Un bistec muy hecho emparedado entre pan duro. Un blues solitario y desgarrado que se hizo eco de la asfixia existencial de muchas personas con tanta autenticidad que, pocos años después de su aparición, John Huston dirigió una interesante y digna versión de la novela (que se abre de manera magnífica con una hermosísima canción de Kris Kristofferson) cuya conclusión no obstante, es un tanto diferente de la planteada por Gardner. Aunque, ciertamente, apunta en la misma dirección. Porque su personaje principal, el veterano Billy Tully, se encuentra finalmente en idéntica encrucijada: sin saber qué hacer, adónde ir ni qué decir. Convertida su vida en uno de esos versos sueltos que pueblan las canciones de Bob Dylan y su alma en una piedra rodante cuyos lamentos, luchas y viajes invocan el destierro eterno. La eterna derrota. Shalam
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