Almas de plástico
Almas de plástico Sería interesante algún día estudiar las relaciones entre Duran Duran y David Bowie. O mejor dicho, cómo la banda británica...
Por todo lo relatado anteriormente, Drunk tienen un lugar muy especial en mi corazón. Más aún, teniendo en cuenta que tuve que vivir este amor en soledad. Sin poder compartirlo con nadie hasta el día de hoy. Sí que he de confesar que mis expectativas eran tantas con el grupo que cuando escuché por primera vez su álbum de debut, A derby spiritual, me supo a poco. Pero con el tiempo, acabó calando en mí. Penetrando en mi piel. Haciéndose un hueco en mi vida. Eso sí, con suma lentitud. Porque la música de Drunk no es directa sino esquiva. Ataca de costado. No es especialmente descarnada ni absolutamente desoladora. Sí. Es triste. De baja intensidad. Y con un alto nivel poético y evocador. Pero no trabaja para dar placer al oyente. Parece únicamente interesada en sí misma. Disolverse en su particular tiempo. Monologar más que dialogar. Tal vez porque es música compuesta sin ego. Un bálsamo de autoayuda para los muertos y desaparecidos que se dirige a los vivos casi por azar. Un legado espiritual encerrado en unos discos que, como un tesoro robado, está destinado a ser valorado con el paso del tiempo.
Resulta difícil recomendar uno de sus discos. Normalmente se suele citar To corner wounds como el más representativo pero yo entiendo su obra como un continuum en el que apenas hay separación entre sus partes. Ok. Sí. Existen diferencias, es cierto, entre A derby spiritual o Raise toward pero en el fondo no me parecen más que matices. La discografía de Drunk está hecha para escucharse sin pausas. En varias horas seguidas tendido en una hamaca o cerca de la chimenea mientras se rememoran las imágenes a las que aluden junto a muchas de las referencias que nombran no tanto por pedantería cultural sino, ya lo he dicho, como forma de resistencia espiritual. Y puede que por ello, no suenen como ningún grupo conocido. Obviamente, tienen muchos puntos en común con Wild Oldham, Bill Calaham o decenas de cantautores del neo-folk norteamericano. Pero me parece que Drunk son más singulares aún. No desean tanto componer la canción perfecta como reflejar perfectamente una emoción. Condensar una sensibilidad y explorarla sin importar el tiempo que lleve ni los vericuetos a los que esta empresa conduzca. Construyen paisajes que no remiten tanto a ellos como al mundo que les rodea y sobre todo, que podría rodearles si nos dedicáramos a buscar la belleza. Esculpir en el tiempo. Arar los campos de la conciencia.
Mi relación con el arte creado por Rick Alverson, en cualquier caso, no ha sido nunca regular. Excepto To corner wounds, no compré ninguno de sus discos cuando apareció. Lo hice por lo general dos o tres años después. Pues, dado que apenas encontraba noticias de la banda que comandaba en ninguna parte, ni siquiera sabía que habían aparecido. Por lo que recuerdo perfectamente cada una de las ocasiones en que me hice con uno de ellos, le quité el plástico y lo puse en mi reproductor de CD como si fuera una ceremonia chamánica. Sí. Aunque suene a tópico, un rito de iniciación. Otra travesía más por el cielo y los océanos en busca de mi alma perdida. Y es probablemente por estas razones por las que hasta hace unos meses no había tenido conocimiento de que, tras su fecundo periplo musical en Spokane, Alverson había consagrado su vida al cine. A documentar historias de emigrantes con vidas partidas que estoy convencido -aun sin haberlas visto- que habrá sabido retratar bien. Con sobriedad y emoción contenidas. Atento al alma de sus personajes como lo estaba a las canciones que con tanto mimo acariciaba entre sus manos cuando se dedicaba a componerlas honrando la música y la vida. Penetrando en abismos sin intención de encontrar respuestas y menos aún de revelar todo aquello que hallaba en su recorrido por los infiernos y purgatorios americanos. Shalam
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