Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Debo confesar que, en ocasiones, siento empatía hacia la mujer retratada por Hammershoi, cierta compasión y deseos de protegerla y en otras, me produce hasta miedo. Como si al volverse, su rostro se fuera a tornar pálido y sus ojos a relucir brillantemente, con un rojo resplandeciente similar al de los de los demonios. A veces, siento deseos de implicarme en lo que le sucede. Tengo interés y deseos de escucharla. Y en otras ocasiones, me complazco en contemplar sus deslices desde el exterior, como si su drama me fuera del todo ajeno y fuera una marciana. ¿Cómo es posible que una mujer caminando por una casa pueda transmitirnos tantas emociones y en ocasiones encontradas? Es difícil encontrar la respuesta. Se me ocurre que porque Hammershoi es un pintor de desnudos. Pero no de cuerpos desnudos. Sino de habitaciones desnudas. Hammershoi vacía los espacios de las casas que describe. Y por eso, sus lienzos están llenos de mesas donde no se halla objeto alguno y puertas que al abrirse nos conducen a solitarios vestíbulos en los que la presencia de un alma nos sobresaltaría. Rompería una armonía que, ciertamente, de tan estudiada, termina creado pavor, inquietud. Un desasosiego difícil de calmar dado que, por lo general, estamos acostumbrados a enfrentarnos a las amenazas a través de un procedimiento totalmente contrario: la acumulación de objetos y estímulos. La inesperada confrontación con «seres». Multitudes, tumultos, ruidos.
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