Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Al artista austriaco se lo ha considerado un surrealista. Pero yo creo que la obra de Kubin refuta el surrealismo. Porque advierte que la realidad es sueño y el sueño es realidad. No es una incursión en el mundo onírico sino una demostración de que no podemos escapar de él. De que el mundo de los sueños no es diferente sino complementario al real y tiene sus trasfondos malignos.
Los dibujos de Kubin recuerdan a esos gabinetes de curiosidades que se popularizaron durante los siglos XVI y XVII. Son exóticos pero a la vez incisivos. Son una colección de malformaciones y pesadillas modernas realizada con cierta levedad. Con ánimo explorador. Porque Kubin no presentaba el mal como un absoluto destructivo sino como una incisión. Una partícula más de una realidad que no por funesta deja de tener ciertos tonos grotescos e hilarantes. De hecho, a pesar del poso aterrador de la mayoría de imágenes que creaba, pienso que Kubin pintaba como un niño. Hay cierta curiosidad infantil en su mirada. Un ánimo juguetón que provoca que sus visiones destructivas sobre nuestro futuro sean casi deseables. Tal vez porque porque no hay moralidad en ellas sino naturalidad. Ganas de destrozar los prejuicios y la moral.
En Kubin también veo en cierto sentido, a un gnóstico. Un artista junguiano que se sentía tan cómodo en el mundo onírico que podía identificar arcontes divinos y emanaciones diabólicas en medio de tinieblas. Sin ir más lejos, plasmó siluetas satánicas parecidas a los monstruos de Lovecraft y leves siluetas angélicas entre marasmos de caos y confusión.
Lo mejor de Kubin es que se percibe que, a pesar de ser un magnífico artista, no se tomaba demasiado en serio a sí mismo. Sí a su arte pero no a su ego. Y eso le permitía crear sin ataduras. Le tomó bastante tiempo encontrar su estilo pero cuando lo alcanzó, no cesó de dar a luz dibujos que parecían criaturas salidas de su vientre. Los personajes de sus creaciones, de hecho, tienen esa cualidad. Que parecen estar vivos. Y tienen tanta fe y amor por la destrucción y la morbidez que terminan por hacer deseable el Apocalipsis. Consiguen hacer entrañable la visión de un mundo derruido y sin esperanza. Shalam
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