Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Resulta, en cualquier caso, muy difícil calibrar la importancia que en la música del siglo XXI han tenido estas bandas sonoras. No sé si su influjo es parecido al de los graffitis en el arte pictórico pero, desde luego, es grande. Aunque, eso sí, conviene precisarla y matizarla porque como suele ocurrir en el mundo de la cultura, ha sido un camino de ida y vuelta lleno de rincones vacíos, confusiones y diálogos que en el fondo no deberían importar tanto porque estamos hablando de puro hedonismo. Goce capitalista en medio de los vestigios del incendio consumista inoculado por las corporaciones.
¿Y qué decir de Streets of Rage 2? Su inicio remite tanto a los discos de Enigma como a los de Soul to Soul y, en parte, apunta al trip-hop.
Con esos mimbres y el progresivo éxito del videojuego se puede comprender la expectación que supuso la aparición de Streets of Rage 3. Una más que digna continuación de su matriz cuya música, sin embargo, dejó a más de uno boquiabierto. Porque esa banda sonora no poseía la calidez -eso sí, violenta- de las antecesoras. Era un trayazo de metralla psicótica. Casi esquizofrénica. Una deconstrucción del house sin precedentes en los videojuegos. Prácticamente una raya de cocaína expuesta en una pantalla donde, atendiendo a lo escuchado, era más fácil ver aparecer animales entrando en fábricas aniquiladoras, mujeres corriendo perseguidas por asesinos enmascarados o ciento y un delirantes escenas sobre arte perverso y contaminado que las ya clásicas escenas del producto de Sega.
Con el tiempo, se supo que la música no había sido creada por Koshiro sino por Motohiro Kawashima pero que la corporación puso el nombre del primero como una especie de marca de fábrica o reconocimiento, y se entendieron mucho más las razones de ese noctámbulo, incómodo, aterrador recorrido musical que no hubiera desentonado en una perversa fiesta de terror o en medio de la pesadilla de varios adolescentes. Y, sobre todo, se lo comenzó a valorar. Porque los años le han aportado al soundtrack creado por Kawashima dimensiones míticas y espectrales. Tal vez (sólo tal vez) fue la primera vez que la música de videojuegos se adelantó a la de la pista de baile. Una performance del Sonar antes del Sonar.
¿Por qué afirmo esto último? Veamos. Mi generación creció yendo a buscar videojuegos. Se encontraban en los bares, recreativos e incluso en supermercados. Su sonido no era demasiado audible porque se mezclaba con los gritos del exterior. Esa música, por tanto, sólo nos influyó para valorar la distorsión o empezar a realizar los primeros pinitos con el casiotone porque además, era demasiado simple. Martilleaba el cerebro sin complejidades y no vislumbrábamos arte detrás.
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