Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Kiss aceptaron sin problemas su papel de embaucadores (y animadores) de masas. Hicieron pervivir el glam más allá de sus años de apogeo. Y llevaron al límite el concepto de espectáculo rock. En vez de renegar del monstruo que representaban, se reconocieron en él y lo amplificaron hasta donde les fue posible. Utilizando todos los medios a su alcance: cohetes, fuego, humo, plataformas mecánicas, cañones, gigantescas pantallas, biografías falsas, baterías galácticas, cómics, revistas y sexo, sobre todo, sexo. Chicas espectaculares de las que se hacían rodear en todo momento sin importarles caer en tópicos manidos.
Su triunfo no fue sólo suyo sino el de toda una nación y un sistema -el capitalismo- que sublimaron con su imagen de peligrosos vampiros: seres a los que no les importaba chupar la sangre a quien fuera para sobrevivir. Un aspecto que combinaron también con el de lunáticos superhéroes que con sus increíbles poderes y canciones alumbraban una tierra llena de emprendedores, dispuestos a hacer realidad el sueño americano sin importar las dificultades con que pudieran encontrarse. Ya lo señalaba Gene Simmons en uno de sus más bellos temas, «A world without heroes»: «Un mundo sin héroes es como un mundo sin sol, no puedes mirar a nadie./ Un mundo sin héroes es como una carrera sin fin, como un tiempo sin lugar, algo sin sentido carente de gracia, donde no sabes qué es lo que buscas o si hay algo detrás de ti».
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