Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Razón por la que cuando deseo concentrarme en un texto y olvidarme del raquítico, anoréxico mundo contemporáneo, acostumbro a refugiarme en discos tan pegadizos y disfrutables como Dangerous games de Alcatrazz o Save your prayers de Waysted. Creaciones que me continúan embrujando como cuando era un niño. Haciéndome volar de una forma que muy pocos de los enquistados sonidos del, por ejemplo, último LP de Radiohead podrían hacer. Más que nada porque The king of the limbs es una obra tan pretenciosa que prácticamente no me da espacio a que la desestime o aprecie. Es tan conscientemente experimental que apenas puedo disfrutar de sus melodías. Algo que es mucho más fácil de hacer con grupos como Alcatrazz o Angel que al centrarse únicamente en su trabajo y no tanto en las resonancias que éste pudiera tener, proporcionan libre albedrío total al oyente
Sí. Lógicamente aquellas entrañables bandas de hard-rock también tenían aspiraciones (en ocasiones, muy altas) y entre ellas había todo tipo de rivalidades. Pero precisamente, por tomarse en serio a sí mismas, querer hacernos reír con todo su corazón o aspirar a ser la banda sonora de nuestros escarceos amorosos durante la adolescencia, es que merece la pena rescatarlas hoy en día y empaparse de ellas. Pues, al fin y al cabo, la mayoría de aquellos grupos sólo exigían al oyente que tuviera fe en ellos. Que disfrutara sin aspirar a trascendencia alguna -aunque ya sé que los excesos sinfónicos de, por ejemplo, Deep Purple dijeran lo contrario-. Y, en el fondo, deseaban que el fan se reencontrara con ese Dionisos que llevamos dentro y la sociedad hiperracional y sofisticada posmoderna -a imagen de tantos de muchos de los sobrevaluados e intelectualizados grupos indie actuales-, ha intentado substraernos.
Cuando las relaciones se hacen etéreas y virtuales, el heavy metal contesta que deben hacerse carnales. Bajar a la tierra. Que es más valiente un grito de alegría que uno de tristeza. Cuando prima el individualismo, los seguidores de este movimiento optan por unirse en corros, fomentar el espíritu de tribu y recluirse en trincheras desde la que resistir el acecho de las tropas modernas. Y cuando se habla de tendencias, ellos hablan de eternidad. De riffs de guitarras que nunca morirán. Además, conforme se feminiza a los hombres y se masculiniza a los mujeres, ellos hacen gala de una sexualidad tradicional, abierta y frugal sin complejos ni recados moralizantes. Escriben letras sin segundas lecturas que no intentan manipular al oyente aunque sí emocionarlo. Motivo por el que no existe -al contrario que en los hits comerciales- perversidad en sus canciones y es tan gozoso escuchar semanalmente una ración de clásicos del metal que nos aleje durante unas horas de los totalitarios sonidos procedentes de las discotecas y los perturbadores mensajes procedentes del mundo de la publicidad.
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