Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
Es de sobras conocida la identificación del realismo mágico con la literatura hispanoamericana. Un hecho explicable debido a que en gran parte de la América hispana aún perviven un buen número de culturas indígenas. Algo que ha dado lugar a gran parte de los hitos literarios latinoamericanos de las últimas décadas. Y por esta razón resulta casi inevitable preguntarse cómo los escritores norteamericanos han podido narrar, dar cuenta de la experiencia de habitar en un continente nuevo sin poder recurrir a las culturas arcaicas debido a que, en su caso, sí que las aniquilaron casi en su totalidad.
No obstante, existe una manera de narrar y atrapar este vacío en la literatura norteamericana de la que hasta ahora no había tomado conciencia hasta leer las novelas de Wallace y Ballard: la lisérgica. De hecho, más por torpeza mía que por otra circunstancia, estoy comenzando a tomar conciencia de que gran parte del arte anglosajón -desde las películas de Roger Corman, los grupos psicodélicos o las novelas de Thomas Pynchon- se encuentra estructurado en forma de trip. Como si las obras de arte fueran pastillas de LSD. Un canal ideal para conseguir ofrecer una visión distorsionada, movediza y fluctuante sobre este mundo inabarcable. De tal modo que me animaría a sostener -aunque ya sé que este tipo de clasificaciones muchas veces limitan y confunden más que aclaran- que al realismo mágico latinoamericano se le ha de contraponer el lisérgico viaje ácido de gran parte de la literatura anglosajona. Puesto que aquellas experiencias que los occidentales no tuvieron debido a su alejamiento de la naturaleza y su desconocimiento de las tradiciones chamánicas o los viajes astrales, las alcanzaron a través de la droga, tal y como queda reflejado en la estética dislocada, ebria, angostada y especular de su arte desde mediados del Siglo XX.
En fin, deseaba hilvanar hoy estas reflexiones porque, más allá de las alusiones y referencias a la obra de Kafka, la última (e inacabada) novela de Foster Wallace, El rey pálido, me parece que es mucho más entendible desde la perspectiva a la que me acabo de referir. Su manera, por ejemplo, de describir la maquinaria de la enorme agencia tributaria norteamericana me resulta esquizofrénica y lisérgica. Pues Foster Wallace no describe ese inmenso aparato estatal de manera convencional sino que lo hace a través de retales impresionistas, anécdotas de sus trabajadores, reflexiones en el aire, monólogos y diálogos. Es decir; a partir de técnicas propias de la novela fragmentaria y posmoderna. Pero lo que me interesa hacer notar en este caso (pues creo que es justo aquí donde radica la genialidad de este intenso texto), es que lo que busca (y consigue) el escritor norteamericano es desdoblar al infinito las imágenes de esta estructura estatal para darnos una imagen de la misma parecida a la de un monstruo de tres dimensiones. A una de esas borrosas, gigantescas siluetas que se contemplan en el horizonte por el efecto de un ácido. Y es ahí, en esos sinuosos efectos alucinatorios que nos proporciona el texto, en la voluntad de Wallace de llevar al límite sus propiedades lisérgicas donde entiendo que se hallan las claves de una novela mucho más cercana a las acuarelas abstractas de David Lynch que a Kafka. Una narración oblicua y asfixiante que ofrece uno de los relatos más desoladores de Norteamérica que recuerdo y más que de capítulos me atrevería a decir que está compuesta de paneles, celdas aisladas que se comunican por extrañas rendijas (¡atención al psicótico capítulo 22!) y de frases y episodios que parecen rayas de cocaína, cigarrillos de marihuana o pastillas de éxtasis.
No sé si he explicado bien lo que deseaba transmitir. Probablemente debería dedicarle más páginas pero me parece suficiente por hoy. Pues a veces es mejor sugerir que avasallar a través de explicaciones o demostraciones que tampoco creo que vengan al caso. Eso sí, no me gustaría terminar este avería sin hacer referencia al suicidio de Foster Wallace. Más que nada porque no he podido evitar leer El rey pálido con este hecho en mi mente, y en parte leo la novela como una despedida o petición de auxilio velada de un espíritu herido cuya (hiper)sensibilidad era demasiado grande para poder adaptarse a ese deshumanizado mundo que retrató con meridiana lucidez en su última novela. Tanto es así que debo reconocer que por momentos, he llegado a sentir vértigo y mareo con las descripciones tan agudas que realiza de la agencia tributaria pensando que eran en realidad, un retrato de su alma angustiada. Una fotografía fidedigna de un ser humano indefenso, ansioso e incapaz de encontrar el sentido necesario para mantenerse con vida en medio del frío laberinto moderno. Shalam
0 comentarios