El extranjero
Me resultan extrañas a veces (sólo a veces) las fobias y manías del mundo intelectual. Hasta hace dos años no había leído ningún libro de Javier...
Cuando lo leí, no me decepcionó. Al contrario, sentí que me encontraba ante un hombre que había sabido navegar con maestría por los mares nihilistas y dejar un recuento valioso y veraz de su travesía; que me enfrentaba a una especie de cruce manchego entre Maurice Blanchot y Georges Bataille. Una suerte de Frankenstein moderno en cuyo laboratorio se mezclaban vislumbres poéticos, casi proféticos, historias secretas sobre minotauros, la desesperación del alma airada castellana, reflujos de la poesía simbolista francesa y ciertas vetas místicas pertenecientes tanto a la cultura hispánica como a la germánica. Además de un oscuro, nostálgico y ávido romanticismo que bebía tanto de Gustavo Adolfo Bécquer y, en cierto sentido, de Antonio Machado como de Lord Byron y, sobre todo, los poetas alemanes -Friedrich Hölderlin a la cabeza-.
Aún recuerdo, como si fuera hoy, el contacto con los primeros de sus versos que me tocaron el alma. Pertenecían a su poema Palimpsestos. Mutación de Bataille: “Yo soñé con tocar la tristeza viscosa del mundo/ en el desencantado borde de una ciénaga absurda/ yo soñé un agua turbia donde reencontraría/ el camino perdido de tu ano profundo;/ yo he sentido en mis manos un animal inmundo/ que en la noche había huido de una espantosa selva/ salvaje como el viento, como el negro agujero/ de tu cuerpo que me hace soñar/ yo he soñado en mis manos un animal inmundo/ y supe que era el mal del que tú morirás/ y lo llamo riéndome del dolor del mundo”.
Para Panero, la historia de Occidente era lo más parecido al relato de un gran engaño. Y en su poesía, esto quedaba claro. Puesto que en ella, los locos y los muertos (los negados, los no vistos) bailaban una danza irrefrenable, continua, de resonancias carnavalescas, sobre las tumbas de condes y reyes cuya gloria y riquezas fueron cimentadas a través de guerras insensatas. De hecho, él mismo acabó confinado, como si fuera un apestado, en psiquiátricos, manicomios. Pero, contrariamente a lo que pudiera pensarse, no ejercía de víctima en sus textos. Ni tampoco era únicamente una especie de gnóstico pasional e intuitivo. También era un poeta moderno, capaz de enmascararse cuando lo necesitaba, en punk, ácrata, anarquista o cualquiera de los disfraces que necesitara para poner en jaque al poder, zarandearlo y mostrar sus mentiras. A mi memoria vienen ahora, por ejemplo, sus revisiones de ciertos relatos infantiles en los que parecía más un guionista de una revista de ciencia ficción de serie B o un componente de los Sex Pistols o Kaka de Luxe que un poeta clásico. Decía en Captain Hook: “El Hijo de Dios orina en mi cabeza/ calva como la del Captain Hook/ y una flor crece sobre mi cabeza/ calva como la del Captain Hook”.
Realmente, la imagen pública generada sobre Panero no ha permitido tal vez tomar total conciencia de lo agudo de su pensamiento. Ajeno a la trampa narcisista, en vez de mirarse en el espejo, el poeta manchego lo rompía. Introducía su brazo en el boquete, sin miedo a sangrar, y transmitía con veracidad todo aquello que encontraba al otro lado de la realidad, a través de palabras crudas y veraces.
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