Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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De hecho, no concibo otra forma de escuchar a Zappa que esta: tumbarse en el sofá, como si hubiéramos tomado un ácido, dejando que las libres imágenes que sugiere su música nos inunden, mientras recibimos el abrazo del sinfín de melodías, ritmos, sonidos marítimos, gritos de gallinas y lenguajes marcianos que hay en sus discos. Creaciones parecidas a torbellinos, en las que no existen reglas ni límites, en medio de las que Zappa toca su guitarra como si fuera el mismísimo Dalí y le hubieran encargado componer una banda sonora para ilustrar un combate entre piratas y gladiadores romanos.
Lo mejor de Hot rats, en cualquier caso, es que a diferencia de otros discos de Zappa, es un sueño fluido. No retuerce el tiempo a su antojo ni nos destroza la cabeza. Y esto lo convierte en el disco ideal para introducirse en los caleidoscópicos mundos a los que nos invita este pintor de metáforas; este terrorista primitivo, artista anárquico, capaz de preanunciar la caída de cualquier sistema y el inminente fin del mundo con una simple nota musical.
Ian Underwood, Lowell George, Ron Selico, Shuggie Otis, Max Bennet, Paul Humphrey, John Guerin, Captain Beefheart, Jean-Luc Ponty fueron, entre otros, los encargados de traducir musicalmente, los sonidos y ruidos que constantemente retumbaban en el cerebro de Zappa. Y, desde luego, lo hicieron bien. Sobresalientemente. Sobrevolando el cielo como si fueran ángeles o demonios, echando más fuego aún a una caldera ya rebosante de calor y madera, hasta el punto de que el mayor peligro que se corre al acercarse al disco, es que éste nos desborde. Obligándonos a utilizar metáforas todavía más rebuscadas para describir esta mariposa de tres ojos y cientos de alas, esta sinfonía llena de piedras que además poseía una fantástica portada. Una creación de Cal Schenke en la que se contemplaba en primer plano a una mujer que bien podía representar el fantasma de la sexualidad, emergiendo de una tumba situada en medio de un bosque. Una imagen que probablemente nos advertía que, inevitablemente, cada vez que escucháramos este disco, experimentaríamos un órgasmo lascivo y sagrado. Shalam
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