Enemigo mío
Enemigo mío tiene muchos aspectos disfrutables y otros no tanto. La verdad es que no resulta muy sugestivo ver gesticular y sobreactuar a Dennis...
Realmente, no sé si actualmente es posible establecer una conversación entre los seres humanos y la naturaleza. Según creo, Freud afirmaba que todo acto sexual que no estuviera relacionado directamente con el engendramiento de hijos, la continuación de la especie, debía ser considerado una perversión. Una afirmación a través de la que parecía sugerir que la vida en sí misma es por entero perversa. Por lo que no es extraño que David Cronenberg dedicara a él y a Jung, una de sus últimas películas, Un método peligroso, teniendo en cuenta que sus ideas han marcado una época -la nuestra- que a tono con el pensamiento del psicólogo vienés podría calificarse de perversa.
Me parece a mí que, en todo caso, Freud ejerció de vocero de una evidencia: la imposibilidad de volver al chupete y al seno materno a través de la tecnología o la cultura. Convirtiéndose en el profeta de las enfermedades psicólogicas, tal vez porque estuviera atrapado hasta el fondo por la civilización que tan sutilmente describió. Al fin y al cabo, el que mejor podría describir el laberinto no es Teseo sino el minotauro. Otra cuestión sería, claro, si sus teorías continúan siendo pertinentes o no. Aunque me atrevo a sugerir que, vista la deriva de nuestra sociedad, sí. Sobre todo, teniendo en cuenta los cientos de dildos y productos de plásticos utilizados durante el coito por muchas parejas modernas, que ejercen en cierto modo de sustitutos del chupete, pero de manera simulada y ficticia. En gran medida, porque quienes los usan, a diferencia del bebé, saben que ya no es posible volver a la infancia ni, desde luego, al útero materno pero aún así, los utilizan. Lo que explicaría las muchas psicosis que aquejan a nuestras sociedades donde muchos de sus miembros pueden caer en la esquizofrenia (cuando se cree que sí, que es posible llenarse espiritual y corporalmente con objetos, y se lleva a cabo toda una escena o representación para demostrarlo) o en desoladoras neurosis (cuando nos preguntamos, después de todo, para qué actuar en uno u otro sentido si no vamos a conseguir completarnos nunca).
Ayer vi, por cierto, Los pasos dobles de Isaki La cuesta. Una película que me hizo reflexionar sobre la naturaleza del arte. ¿No es acaso el arte un chupete? En un momento dado, quienes buscan el búnker militar que el enigmático François Augeras ha cubierto de pinturas y enterrado en medio del desierto, parecen encontrarse cerca del mar. Pero no es así pues están siendo víctimas de un espejismo.
Una lección y enseñanza que tal vez sea la mejor preparación para la muerte. Esa señora que en ciertos barrios mexicanos se denomina como santa, a la que no se le puede engañar, tal y como intentan quienes buscan un refugio en los cientos de chupetes artificiales que existen. Condenándose, por tanto, a la tristeza y la enfermedad. Pues el arte es, en esencia, -ya lo dijimos- un fantasma. Una especie de objeto o consuelo que se busca pero, desde el principio, se sabe que no se va a encontrar. Un resorte que nos obliga a caminar sin saber los motivos hacia un lugar que no sabemos dónde se encuentra y en el que no tenemos la certeza de hallar «algo» en concreto. Lo que hace aún más heroica la decisión de quien se adentra por sus senderos. Y desde luego, explica la razón por la que a muchos artistas se les ha comparado con dioses, teniendo en cuenta que mientras crean, pueden llegar a experimentar la dicha divina, la alegría del existir por el mero existir, y tal vez hasta puedan quitarle el chupete a los cielos para escuchar aquella primera sílaba que los dioses pronunciaron al crear el mundo. Letra que siempre han de guardar oculta y no comunicar a nadie porque, como se nos sugiere en el filme de Lacuesta, el secreto es lo único que si lo compartes, se destruye. Y el arte es tan sólo el conducto, medio o guía, para acceder a sus vías. Un espejo y puerta que nos conduce directa o indirectamente a un hoyo donde se haya enterrado un cofre sucio, discreto y aparentemente sin valor, en el que se esconde el sentido de la vida. Shalam.
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