Vito Corleone
¿Existe algo más grande que El padrino? Al menos en el mundo del arte y en concreto en el del cine, bajo mi punto de vista, no. Me basta con ver una...
Lo mejor de ser una leyenda viva consiste probablemente en que no existe necesidad de tener que demostrarle nada a nadie. Pues nuestro nombre ya ha trascendido. Hemos vencido a la muerte. Algo que si bien puede provocar complacencia o atrofia creativa también puede conseguir que nos aventuremos por túneles apenas entrevistos y desarrollemos las más intrépidas ideas al máximo. Y esto es lo que ocurre en este documental con maneras de ritual de vampirismo: que a través de monstruosas, geniales ocurrencias, guiños cómplices y conmovedoras performances celebradas en salones decadentistas, Nick Cave nos ofrece un retrato visceral de sí mismo rompiendo las barreras que separan el cine de la realidad y nuestras ideas preconcebidas sobre su arte y personalidad. Dándose el lujo de bailar un vals enfermo durante toda la proyección por medio del que homenajea y cuestiona la idea romántica del arte, el malditismo y la violencia y la rebeldía rockeras.
Nick Cave es una mezcla insólita entre un lagarto y un murciélago. Un tétrico mutante cuya lucidez es absorbente. Y por ello, tengo la impresión de que no importa de qué hablara 20,000 days on earth porque se lo hubiera apropiado con la misma garra y sutileza con las que, por ejemplo, hizo suya la archiconocida «Disco 2000» de Pulp. Además, creo que a Nick Cave le importa una mierda hablar de sí mismo, Praga, el travestismo, las mujeres, el Renacimiento, el alcohol o sus relaciones maritales. Porque, en esencia, su personalidad es tan desbordante, su genio tan abrumador y rutilante que es consciente de que siempre acabará convirtiéndose en el tema esencial de la conversación o la obra. De hecho, lo que, de algún modo, nos sugiere en el transcurso de esta fascinante experiencia cinematográfica es que, ante todo, es un artista perverso. Y que, por tanto, es capaz de transgredir todo tipo de límites y fronteras. Lo mismo puede emocionarnos interpretando canciones que acaso íntimamente deteste u obligarnos a creer que el arte occidental depende hoy en día de aquello que escribe. Los berridos que emite desde su garganta.
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