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Un vetusto y majestuoso torreón (2)

Jul 25, 2023 | 2 Comentarios

Dejo a continuación el segundo avería dedicado a Wimbledon 2023. En esta ocasión, centrado exclusivamente en la final.

Un vetusto y majestuoso torreón (2)

A estas alturas, ya se ha dicho de todo del triunfo de Alcaraz sobre Djokovic en el pasado Wimbledon. Una final que pasará a la historia porque puede suponer el principio del fin de la era del Big Three. Algo que aún está por ver por más que era obvio que el tiempo iba a dictar la sentencia de muerte del maravilloso trío antes o después.

En cualquier caso, Djokovic aún está vivo. Vivo y coleando. Y su estado físico es admirable. De hecho, a decir verdad, el guión de la final se desarrolló tal y como el serbio deseaba. El primer set lo ganó tan sólo saliendo a la pista. Por ser quien era. Carlos (como en Francia) experimentó de nuevo la presión y, eso sí, en esta ocasión no luchó más de la cuenta. Fue mucho más inteligente. Se dejó ir, (casi recibe un rosco), y guardó fuerzas para el momento adecuado. ¿Lo mejor? Su postura corporal nada forzada, tranquila, suelta. Las sensaciones que daba de serenidad.

De todas formas, el segundo set también se escribió con la letra que a Djokovic le gusta. Al break de Carlos, Djokovic terminó respondiendo con otro break. Una de sus especialidades. Una de las operaciones tenísticas que más le gustan por su capacidad de desmoralizar a su oponente y de transmitirle el mensaje de que debe sudar sangre para ganarle. Que lo tiene en la mira.

Una vez llegados al tie-break, la final estaba en el tejado del serbio. Yo, de hecho, apagué el televisor en cuanto vi que se ponía con ventaja. Imposible ganarle una muerte súbita al Joker, me dije. Y salí a pasear y olvidarme del partido. Por lo que a mí respecta, la final había terminado. Estaba seguro de que Novak levantaría su 24 Grand Slam a pesar de que las señales del juego apuntaban a una notable mejoría de Alcaraz. Demasiado tarde.

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Cuando regresé a mi habitación tuve que pellizcarme en varias ocasiones para creerme lo que estaba viendo. Y no me refiero al juego. Siempre había pensado que Carlos se desenvolvería muy bien, que podía llevar perfectamente el peso del partido, que podía poner en aprietos a Djokovic pero jamás pensé que le ganara un tie-break. O más bien ese tie-break en ese momento preciso. Un tie break en el que, siendo justos, el serbio se precipitó, cometiendo algún que otro error inasumible. En cualquier caso, entrábamos en territorio desconocido. De hecho, Carlos cada vez se encontraba más cómodo y por primera vez, sentí que el serbio sufría. Perdía el control por momentos. De repente, el que experimentaba la presión era él. ¡Inaudito! La bola de Carlos era profunda. Su saque certero. Y ahora era el serbio el que se mostraba intranquilo con los peloteos largos. Djokovic ronroneaba. Farfullaba palabras para sí mismo. Sólo era cuestión de tiempo que se encarara con el público, (ya lo había hecho, ¿no es así?), rompiera una raqueta o se encerrara en los vestuarios para ganar tiempo y concentrarse.

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Hubo un juego en el tercer set que fue épico. Trascendente. El Quinto. Un juego de 26 minutos de duración al que Manuel Jabois le dedicó todo un artículo. No me extraña. Porque, en realidad, aunque para entonces Carlos ya le había hecho un break al serbio (el marcador señalaba 3 a 1 para Carlos y servicio para Novak) y el set no estaba en peligro, en ese juego tengo la sensación que se dirimió algo importante. Cada golpe de Djokovic era un puñetazo contra el paso del tiempo. Se encontraba cargado de rebeldía. Novak no jugaba contra Carlitos sino contra su propio reflejo. Djokovic se negaba a envejecer. A dejar pasar toda una era. Cientos de miles de recuerdos. Djokovic se agarró a ese juego (aunque de ganarlo no hubiera logrado gran cosa) como un naúfrago desesperado en un mastil. Se agarró a ese juego como un rey a un trono cercado por cientos de sangrientos enemigos. Con la obstinación del que se sabe elegido por los dioses y ha comido en su misma mesa en muchas ocasiones. Con la determinación suicida de quien pretende seguir ganando títulos incluso con cien años. Del que no es capaz de admitir el flujo natural de la vida pero, en este caso, no tanto por alguna perversión egocéntrica como por nobleza, por un digno sentimiento de heroicidad que empuja a los grandes hombres a luchar más allá de todas sus fuerzas y de toda lógica cuando la catástrofe es más inminente. Por el contrario, Carlitos ejercía de joven fantasma. De pesadilla. Era la mismísima vida tocando a la puerta. La obstinación del lugarteniente obligado por galones y destino a sugerirle a Djokovic que su tiempo comenzaba a irse. Que en el futuro, la historia hablaría de este partido como su primer canto de cisne. Su particular Trafalgar. El momento justo en el que comenzaba a ser una línea en los libros de historia y a desparecer lentamente del presente tenístico.  ¿Era esto posible? Ni uno ni otro parecían estar seguros de ello (Novak ganaba un punto y parecía gritar con cabezonería «aquí estoy frente a las olas del tiempo» y cuando Carlos lo hacía, parecía gritar incrédulo: ¿te das cuenta, Novak, de que voy al fin a destruir tu fortaleza, que yo soy el paso del tiempo?») y dirimieron un juego en el que aunque Carlos ganó, el que lo hizo fue Cronos. El inexorable trueno emitido por un Dios que acaba convirtiendo las vidas de todos los seres humanos en drama y nos obliga a resignarnos. A reconocer que los únicos inmortales son los dioses. Ni tan siquiera los héroes cuyo nombre aparece grabado en los más vetustos libros. En realidad, ese juego lo perdieron ambos. Allí el único ganador fue, repito, el voraz e inexorable paso del tiempo. El tic tac que no perdona. El más tranquilo y certero asesino.

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En cualquier caso, ahí, en ese juego, (el quinto del segundo set), se dirimió a mi entender el triunfo del torneo. Lo demás no fue más que una ratificación de lo que acabábamos de ver. Djokovic no vendió cara su derrota sino carísima. Se agarró a la pista como si no hubiera mañana. Se fue a los vestuarios y se serenó. Se concentró. Se exigió calma. Y se dijo a sí mismo que no debía entregarse, debía cometer los menores errores forzados posibles y traspasar la presión a Carlos. Dicho y hecho. Aunque el español continuaba jugando mejor, manejaba con soltura la bola y se desplazaba a la perfección, cayó en medio de uno de esos laberintos mentales planteados por el serbio y se dejó el cuarto set por el camino. Nos íbamos al quinto. De nuevo Djokovic parecía tener la final donde quería. Al fin y al cabo, él era el joker. El escapista. Houidini. Da Vinci. Algo iba a inventar. De allí podía salir. Hay quienes dicen que incluso Ulises burló a los dioses en alguna ocasión.

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Pero, repito, aquel quinto juego del tercer set no engañaba. Djokovic jugaba contra Carlos, sí, pero sobre todo contra su juventud y la osadía característica de esa etapa de la vida. Algo en su guión no encajaba. Había dejado escapar ni más ni menos que un tie-break (lo imposible) y aquel quinto juego (cuyo valor era incalculable en lo simbólico). Así que cuando perdió la oportunidad de romperle el saque a Carlos con un smash a la red de esos que no se perdonan, todos intuíamos que era cuestión de tiempo que cayera. Por supuesto, lo hizo de pie y con total entereza. El juego definitivo no lo perdió Djokovic. De hecho, fue de los que mejor jugó el serbio al resto, pero Carlos estuvo soberbio. Tras fallar una dejada, se atrevió con otra en el punto posterior que culminó con un globo y el 30-15 lo logró ejecutando una volea de carácter angélico de esas que ponen la piel de gallina y dan para poema épico. El par de puntos finales los sacó adelante con dos potentes saques y un drive de libro. Logrando una victoria que vale casi más por lo emocional que por el juego desplegado. Un triunfo agónico que no supone el fin de Djokovic pero sí nos permite atisbar el comienzo de su progresiva caída. Algo comprensible teniendo en cuenta que si Ulises logró engañar alguna vez a los dioses fue con su consentimiento y no tanto por su astucia. Un oscuro secreto que el serbio debe desde ya tener grabado entre ceja a ceja si quiere continuar azuzando el fuego competitivo y conquistando trofeos tenísticos como si fuera Atila. Su enemigo, eso sí, no es ahora tan sólo Alcaraz sino, sobre todo, el reloj. El calendario. La mortalidad. El talón de Aquiles de los héroes. Esa misma sangre rabiosa que le ha hecho rebelarse ciento y un veces contra sus límites. Tic, tac; tic, Tac. Shalam

لا يكفي أن ترفع الضعفاء ، عليك أن ترفعهم فيما بعد

No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen……historia de de pesca…….
    2imagen…..nunca he entendido el 1º copa el 2º comida….
    3imagen…..el gesto de agarrarse la oreja….el tenista ha hecho algo malo?……
    4imagen…..djokovic sera muy buen tenista ….me cae mal-regular…..
    5imagen….esto de golpear y romper no lo entiendo bien……violencia real?…..
    6imagen…..desarmamos la red y liamos todo lo que hay en la imagen en ella …… la enviamos en vuelo charter…….
    PD….https://www.youtube.com/watch?v=YT_wSeKdyXQ….sin palabras…….

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Alguien haciendo el amor en el pasto mientras un psicópta viene a matarlo. Sin piedad. 2) Ahora que lo dices yo tampoco. ¡Sonrían! ¡Pa-ta-ta! 3) Gladiador exigiendo del circo más apoyo. 4) A casi todo el mundo le cae mal-regular. Creo que porque pone por encima la competitividad que el resto de valores y además, es bueno en lo suyo. Mortal.5) Somos rivales, no amigos. ¿Queda claro? 6) «La bola entró»… McEntroe. PD: genial. Inolvidable escena. Tengo que volver a verla y hacerle un avería

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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