Las vacaciones eternas
El poeta alemán Cristoph M Wieland afirmaba sin rubor que prefería una locura que lo entusiasmara a una verdad que lo abatiera. Una máxima con la...

Siempre tuve muy presente los orígenes de Eto’o. Era difícil, a no ser que se fuera un observador muy racional, perderlos de vista cuando se lo veía hablar o desplazarse por el campo. Derrochando fuerzas con generosidad, expresándose con sinceridad y sin miedos ni tapujos ni falsas hipocresías. Y por ello, entendía perfectamente tanto sus salidas de tono como el gusto que se daba invitando a sus hermanos de raza a todo tipo de lujos en fiestas interminables. Sobre todo, porque nunca lo vi poner el freno al acelerador en un terreno de juego. Al contrario, hasta en la peor etapa de Rijkaard siempre se podía esperar de él entrega y esfuerzo, una jugada genial. Siempre se esforzó pues no entendía la vida de otra forma. Era un soldado con habilidades de equilibrista cuyo mayor defecto era no saber controlarse. Ser excesivamente sincero hasta el punto de convertirse en insolente. Como si fuera un jaguar encerrado en el cuerpo de un hombre, cada vez que alguien lo contradecía, Eto’o no podía evitar contestar. Rasgo de su carácter que tal vez lo honraba personalmente pero lo hacía difícil de controlar en un vestuario. Razón por la que entiendo que Guardiola decidió que dejara el Barcelona tras marcar un gol decisivo en la final de la Champions de Roma y haberse desenvuelto con excelencia durante toda la temporada mítica del triplete.
No importa. Allí donde fuera, la imagen de Eto’o siempre nos acompañaría. Fue maravilloso verlo jugar a las órdenes de Luis Aragones en el Mallorca y presenciar sus charlas, peleas y abrazos con él, como también observarlo dejándose la piel en el Inter de Mourinho o ahora en el Chelsea. Porque tras cada uno de sus movimientos se podía sentir latir el corazón del continente africano. De hecho, es así como interpreto muchas de sus excentricidades. Como lógicas reacciones de un hombre que procedía de una etnia, la bassaa, cuya cultura no tenía la rigidez de la occidental. Y se hallaba acostumbrado a los ritos tribales, los sonidos de la selva y la espontaneidad. Características que lo harían chocar con esas fuertes estructuras europeas que haría tambalearse más de una vez con sus improperios.
Durante una temporada de mi vida, asistí a muchos conciertos de artistas africanos: Salif Keita, Ali Farka toure, Cheik Lô o Yossou N’dour. Siendo un apasionado de la música pero no un estudioso de la interpretación, no sé si debería hablar de cuestiones técnicas. Tan sólo diré que los ritmos y compases de los tambores que allí escuchaba e incluso los riffs de guitarra no eran exactamente iguales a los que interpretaban los conjuntos europeos. Siempre había allí un repiqueteo o un tono de más que provocaba una ruptura con los compases rítmicos que estaba acostumbrado a escuchar. Pues bien, esto en cierto modo creo que significó la irrupción de Samuel Eto’o en el fútbol profesional: la inclusión de una tonalidad diferente, un ritmo visceral y contagioso que hacía muy difíciles de controlar y prever tanto sus acciones en el campo como sus intervenciones públicas. Aún recuerdo su mítica frase cuando fichó por el Barsa: «He venido a correr como un negro y vivir como un blanco». Plufff. Un puñetazo en la cara de la corrección. Una sacudida a la sociedad de lo «políticamente correcto» y a los hipócritas guardianes de la moralidad y el racismo en nuestras sociedades. Una genialidad tan certera y atrevida como sus goles. Sus zapatazos desde fuera del área o esos remates de bolea que partían redes y dejaban a los porteros asustados sin saber si había pasado ante ellos una bala o una piedra.
Con Eto’o muchas veces ocurría lo siguiente: que cuando creíamos que iba a sonreír, se ponía a maldecir a alguien como si el interlocutor fuera un espíritu negro que estuviera haciendo vudú a su familia y cuando esperábamos verlo enojado, se ponía a danzar, casi que a levitar delante nuestra, cual nigromante. Características que en un mundo tan reglado y articulado como el nuestro, lo hicieron especial. Alguien tan querible como disfrutable. Un niño grande con el que soñar en bailar batukada o participar en rituales donde se matan gallinas y distintas hechiceras nos leen la mano. Y todas estas facetas hicieron, por tanto, de la contemplación de cada una de sus intervenciones en el campo de fútbol, una experiencia mística. Porque, realmente, Eto’o no marcaba goles ni regateaba a contrarios sino que jugaba su propio partido. Un encuentro contra espíritus invisibles que podían matarle si se descuidaba o no se esforzaba como era debido, del que siempre solía salir vencedor. O al menos con la conciencia tranquila. Algo en su caso asegurable porque era en esencia un luchador. Un guerrero de ébano al que no me extraña que La Granja dedicara una canción como si se tratara de un héroe pop.
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