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Un templo Arcade (1)

Jun 23, 2025 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión a la visita que realicé al museo del videojuego de Ibi varios meses atrás. Para no abrumar y hacerlo demasiado extenso, lo dividiré en dos partes. Hoy publico la primera y mañana, haré lo propio con la segunda.

Un templo Arcade (1)

Meses atrás estuve en Ibi. Una ciudad conocida por albergar un sinfín de fábricas de juguetes. Pero en este caso, el motivo de mi viaje al pueblo alicantino no tenía tanto que ver con una posible visita a los recintos donde se exponen los tradicionales regalos de reyes que muchos niños han recibido durante las últimas décadas sino con el más desenfrenado hedonismo.

Cualquier niño que creciera jugando a los Arcade en los 80 debe saber a estas alturas de la apertura en la antigua fábrica de juguetes Ricó de un museo del videojuego. Un museo en el que no se va a mirar. Tampoco a reflexionar mucho o apuntar notas. Se va a jugar. Se va a divertirse. Se va a recrear una época que posee un altar en nuestra memoria emocional. Se va a volver a intentar batir récords de puntuación, pasar pantallas o reencontrarse con aquella vieja máquina en la que nos gastábamos nuestra paga semanal que, de un verano a otro, desapareció dejándonos tristes, solos, vacíos. Una sensación parecida a la que yo al menos tenía cuando volvía la temporada de fútbol y, de repente, un jugador no se encontraba en alguno de los equipos que seguía, sin que (vivíamos en la era pre-internet) pudiera yo encontrar una explicación.

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¿Merece la pena visitar el museo? La pregunta ofende. Cualquier amante de las Arcade debería pisarlo alguna vez en su vida. Por lo menos hay 100 máquinas originales (probablemente más). ¿Qué se puede decir o hacer ante eso? Basta ver varios modelos de la clásica Phoenix, un ejemplar del Kung Fu Master, otro de La patrulla X, el clásico tenístico Carlos Moya, el infaltable Pac-Man o los míticos juegos de coches (por ejemplo, el delicioso Outrun) y motos en los que aparentábamos manejar esos vehículos para que el rostro se ilumine.

Yo tengo en mi casa desde hace unos años la típica máquina que simula el aspecto de las Arcade con más de mil juegos. No suelo utilizarla. Me basta con mirarla para ponerme de buen humor. Lo cierto es que si no juego mucho con ella es porque no se puede comparar jugar una partida en una Arcade exclusivamente diseñada para un juego en concreto que con estas simulaciones. ¡Hay un abismo! Pero, claro, en casa lo que yo al menos busco es evocación, crear un ambiente. Me basta con el guiño, con la memoria. No necesito más.

En realidad, a las Arcade se jugaba fuera de casa. En inmensos recreativos rodeados de niños que nos miraban con envidia cuando llegaba nuestro turno o nos decían los trucos para pasar tal o cual pantalla o matar tal o cual monstruito. ¡Había pocos momentos más dichosos que acercarse con una moneda de 100 pesetas o un billete de 500 al señor de la riñonera para que nos los cambiara en monedas de 25 pesetas! ¡Eso no lo va a conseguir nadie en su casa! Los niños agolpados a nuestro alrededor. El típico listo que te cogía el mando con la excusa de pasar una fase y luego ya no lo soltaba. En fin.

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Las Arcade eran promesa de fantasía. En cierto sentido, eran los cómic Marvel de su época. Por lo general, como ocurría con los productos de la compañía de Stan Lee, era muy fácil conocer su argumento, familiarizarse con ellos y aprender a jugar. No tenía mucha dificultad. Algo que creo que era un ardid de las distintas compañías. La idea era que el jugador se hiciese rápidamente con el juego y poco a poco la dificultad fuera subiendo. En realidad, esa aparente sencillez engañaba. Porque como también ocurría en los cómics Marvel había argumentos que se complicaban, las pantallas a veces mostraban personajes inéditos que nos sorprendían y había determinados momentos en los que parecíamos explorar nuevos mundos y galaxias. Yo recuerdo, por ejemplo, una partida a Star Force en la que superé mi record de puntuación durante la que llegué casi a sentir miedo al contemplar ante mí un sinfín de naves y mundos enigmáticos e inesperados.

Como suele ocurrir, la competencia y los combates entre las compañías japonesas y norteamericanas provocó, a su vez, que los juegos y los gráficos fueran mejorando. No más que hay que ver las máquinas que reinaban a principios de los 80 con las que lo hacían cinco, seis o siete año después. Cuando todavía ni los ordenadores ni las consolas amenazaban el reino Arcade. La mayoría habían dejado de lado los gráficos esquemáticos que homenajeaban involuntariamente a Mondrian y a Kandisky o las naves parecidas a conos automovilísticos por gráficos llenos de realismo, una experiencia mucho más inmersiva y absorbente que en ciertos juegos apuntaba a la interacción.

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Para los niños Arcade ir a este museo es en gran medida algo parecido a lo que para Proust era la magdalena de En busca del tiempo perdido. Basta ver varios de los juegos que tienen. Entre ellos ni más ni menos que el Pong original. Ok. No sé si denominar al Pong de Atari como original es correcto. Supongo que, a estas alturas, cualquiera sabe la polémica y demandas cruzadas que hubo entre las compañías Atari y Magnavox Odyssey.  Al parecer, el diseñador de Atari, Nolan Bushnell, había realizado una visita a los estudios Magnavox y allí había contemplado una patente de Pong en la que se inspiró para dar a luz el mítico juego.

Supongo, en cualquier caso, que esta polémica que acabó en un juicio ganado por Magnavox no importará mucho a los aficionados a los Arcade. ¿Qué más da? Con el tiempo no es más que letra pequeña. Lo que importa realmente es tener a varios metros la máquina. Poder jugar en ella. ¡Una delicia! Lógicamente se encuentra muy, muy lejos de los Arcade de los 80. Pero ¿qué cojones? con ella empezó todo o casi todo. Hubo algunos modelos antes. Pero digamos que Pong fue el primero que conquistó al público o a las masas en general. El primero que entroncó de lleno con la cultura pop. Luego vendrían otros como Gun Fight o Break Out pero ninguno llegaría a igualar el impacto de Pong al menos en el inconsciente colectivo hasta Space Invaders, Pac-Man y la revolución de gráficos y movilidad de finales de los 70 y principios de los 80.

Obviamente, llama mucho la atención que un juego así volviera locos a los habituales de los bares. Según parece, muchos de los típicos bebedores de cerveza y jugadores de billar de la América profunda no pudieron resistirse a los encantos de Pong y vaciaban sus bolsillos en los ratos libres jugando a la máquina. ¡Qué tiempos aquellos! Ahora el videojuego es la realidad. Cuando Pong comenzó a reinar, David Bowie, Marc Bolan y Alice Cooper estaban en pleno apogeo. Los videojuegos no podían ni soñar con tocarle los talones a la música pop y al rock. Ahora mismo, casi que me atrevería a decir que ocurre lo contrario.

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Por supuesto, en el museo está todo o (casi) todo. Están Space Invaders, Tron, Comando, Asteroids o Arkanoid. Y como no podía ser menos, su visita proporciona muchas horas de felicidad y cierta tristeza que nos vincula a la niñez. Me explico. Cuando éramos niños yo al menos tenía lógicamente un presupuesto reducido. No me podía permitir más de dos o tres partidas al día. A veces más, claro. Cuando uno de nuestros amigos encontraba el escondite donde sus padres tenían el dinero y repartía generosamente billetes de quinientos entre sus colegas. ¡No era obviamente lo corriente! Las Arcade eran pura felicidad y también tristeza porque no podíamos jugar tanto como deseábamos. Antes o después la partida acababa.

En el caso del museo ocurre algo parecido. Por un módico precio tenemos acceso a todas las máquinas. Podemos jugar durante varias horas tanto como lo deseemos. Pero como hay tantas máquinas puede ocurrir que cuando estemos absortos con una (pongamos por caso con Terminator 2) también pensemos en volver a los tiempos antiguos y echar una partida al Phoenix. Pero ¿por qué no hacerlo también con Comando?

Finalmente, no hay horas suficientes para todo lo que deseamos jugar. Yo salí del museo muy contento pero también un poco triste, con la sensación de que no había jugado todo lo que necesitaba. Querría haber estado un día o dos sin salir de allí. ¿Cuándo podría volver a jugar al Carlos Moya o al 1943? ¿Quién lo sabe?

En el fondo, tal vez eso sea lo que nos enganchaba de las Arcade. Por un lado, disfrutábamos cada minuto que pasábamos junto a ellas. Pero por otro, no podíamos disfrutar todo el que deseábamos. Eso las hacía irresistibles objetos de deseo. Shalam

كبار السن يصدقون كل شيء؛ الكبار يشككون في كل شيء؛ في حين أن الشباب يعرفون كل شيء.

Los viejos lo creen todo; los adultos todo lo sospechan; mientras que los jóvenes todo lo saben.

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….en este salon de juegos(para personas, animales y cosas) empezaron a eliminar las maquinas pin-ball analogicas…(mala idea)….
    2imagen….como cocos a 5duros la partida (mucho dinero en la epoca)…..
    3imagen…en esta otra instantanea todavia quedaban algunas pin-ball……………
    4imagen….mataremos a todos con material belico en pantalla.. …un disparate…..
    5imagen….ping-pong(tenis de mesa)…..tenis….(parecia aburrido en estas maquinas)…..
    6imagen….las fuerzas de naves espaciales marcianas atacan de nuevo….la guerra de los mundos orson welles 1938…
    PD….https://www.youtube.com/watch?v=TTOhq0vL04A…. ….marcianos al ataque 1996….sonrisa….

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Pero sólo vemos una parte donde no hay ping-ball.Todo es posible. El monstruo de las ping-ball podría llamarse la foto. 2) La cereza mira con pena cómo el pac-man come puntitos. Ella también quiere entrar en su estómago. 3) Máquinas dispuestas a dialogar entre ellas y amenazarse. Podría dar para una nueva Toy Story. 4) Huele en este caso a fotograma de película de Miyazaki. Una nueva versión de «El viaje de Chihiro». 5) Sin embargo, a pesar de lo aburrido que parecían, tuvieron ese enorme éxito que aún hoy impresiona. 6) Esta es de las que estaban en el kiosco de abajo de mi casa de La Manga. Nunca jugué porque había que optar por una de todas las máquinas en verano. No se podía jugar en todas. PD) Yeah.. sí.. una película ideal para definir los videojuegos. Sin duda.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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