Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Sin embargo, en vez de reverenciar al ser que fusionaba día y noche, razón y caos, instinto y cerebro, se lo encerró en un complejo arquitectónico muy complejo: el laberinto. Algo terrible. Porque el cautiverio del minotauro en aquella fortificación situada en una isla de Creta suponía la no aceptación del caos. El comienzo del racionalismo. El fin de la felicidad o más bien del tiempo de los momentos plenos. La separación definitiva entre la bestia y los hombres. Una afirmación de nuestra superioridad sobre los animales. Un franco testimonio de que no los necesitamos para subsistir. Nos avergonzamos de tener cierto parecido con ellos y hemos dado la espalda al mito y al origen, premiando a quien penetrara con su espada o puñal, el corazón del toro.
En esencia, las corridas de toros son una repetición de este deleznable acto. Habiendo perdido nuestra esencia primaria, volvemos a matar a la bestia una y otra vez para exaltar al héroe de la razón: Teseo, el torero, el científico.
Tal vez, por tanto, el héroe en las corridas de toros no sea el torero sino el toro. Animal cuya muerte repetida y continua es tan trágica para muchos de nosotros porque muestra con claridad meridiana cómo continuamos alejándonos del origen (Altamira) y acercándonos sin pausa al fin.
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