La futura Sumeria
Es curioso que ahora que parece que como los mayas indicaban, nuestra civilización se encuentra en fase terminal, la atención se vuelque en Oriente...
El tirano no es nacionalista. Al tirano se la refanfinflan los símbolos patrios. El tirano es un estatalista que utiliza el nacionalismo y se sirve del nacionalismo e inventa nacionalismos y cultiva los nacionalismos (también el español) para alcanzar el poder. Algo lógico porque si nos ajustamos con la realidad histórica del territorio que intenta controlar a lo más que aspiraría es a ser regionalista. Un buen amo de su castillo y punto. Un conde que cuando caga recibe vítores de sus bufones y sólo guarda dignidad cuando debe reunirse con otros nobles y comer pan con tomate, tapas de escalivada y butifarras con mongetes mientras disfruta de una deliciosa y medida copa de moscatel o cava.
El tirano es capaz de todo porque tiene tan poca valía personal y tan escasos méritos individuales que necesita ser reverenciado constantemente para no destrozarse a sí mismo. En realidad, tiene un enorme complejo de inferioridad que disfraza reivindicando su nombre y «reino» por encima de los restantes. Y por ello, está atento a cualquier suceso que pueda beneficiarle y arrojar peste sobre los demás. Nada desearía (ni le beneficiaría) más, por ejemplo, en determinados momentos que sus enemigos dispararan y le dieran en bandeja una víctima. Un muerto. El secreto motivo porque actúa muchas veces como un provocador irreverente y resulta tan fácil observarlo con gesto serio cantando un himno libertario en catalán como en mangas de camisa haciendo un «calculado» desaire a los símbolos de su nación que lo quiera o no es España.
El tirano es una «involución» histórica, una figura fantasmagórica y ridícula pero tremendamente peligrosa originada probablemente porque en España nunca ha existido una democracia real. Sólo ha habido consenso y oportunismo. Pactos que eran huidas hacia adelante. Negaciones (o falsificaciones) de la realidad. Y ni existe una separación real de poderes ni el poder está en manos de los ciudadanos. Al contrario, lo está en la de los partidos. Una partitocracia cobarde y manipuladora que sólo teme (y respeta) a los poderes económicos y que, ahora mismo, está llevando a cabo un pulso entre sí no con el fin de conquistar la libertad de su «pueblo» sino por el privilegio de gozar (ella) de más poder y dinero. De conseguir hacer de Cataluña su banco particular (en el caso de la catalana) y de poder seguir disfrutando de sus insanos priveligios (en el caso de la española). Razón por la que me carcajeo cada vez que alguien menciona la palabra democracia o el sempiterno derecho a decidir al abordar la cuestión catalana pero cuando alguien habla de tiranía y derecho a la avaricia y a la codicia le presto atención. Básicamente, porque no se trata más que de esto: «de que la pela es la pela y el culo es el culo». Pero en la sociedad de la posverdad prácticamente nadie se atreve a decirlo. Shalam
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