Canguros y jazz
Acabo de terminar de leer El koala asesino. Un libro de relatos de Kenneth Cook tan divertido como excéntrico. Algo connatural a la cultura del país...
Alguien dijo en una ocasión que Terenci no tenía prácticamente enemigos en el mundo de la literatura y, desde luego, no me extraña. Porque se percibe que él lo único que deseaba era gozar de sus amores cinematográficos, literarios u operísticos y que lo dejaran en paz e intentaba que quienes se encontraran a su alrededor, también disfrutaran, haciéndoles sentirse especiales en su presencia.
La literatura de Moix era una mezcla entre una película de Walt Disney y una ópera de Verdi. Entre una película en Technicolor, una novela rosa y una obra de teatro de Antonin Artaud. Combinaba vanguardia y comercialidad de una manera sumamente original. Haciendo que una mención a Hola o Fotogramas luciera natural entre remembranzas de sus míticos viajes a Egipto, loas amorosas a Sal Mineo, una escena de sadomasoquismo y menciones diversas a Ionesco o Bertolt Brecht.
En realidad, Terenci Moix consiguió algo muy difícil: dialogar, ocuparse de los temas más elevados sin un asomo de erudición. De hecho, fue un excelente divulgador cultural capaz de convertir la novela histórica en un divertido género mayor, un plató televisivo en una comedia de variedades, la frivolidad en arte, el kitsch en un estilo de vida trascendente, el fetichismo cultural en épica y la literatura en una pieza intensa, atractiva y llena de vitalidad. Dotando de un carácter trágico y transmundano los menores acontecimientos de su existencia. Fue alguien tan único y diferente, de hecho, que lucía tan bien dialogando con Lola Flores y Montserrat Caballé como con un autor de culto francés. En medio de un guateque burgués de alta estopa y en un local corrosivo situado en las afueras de la ciudad. Tal vez porque nunca creció. Fue el prototipo de niño grande. Un maravilloso e irresistible Peter Pan que hizo de su vida un paseo por un infierno decorado con paredes de papel Couché. Shalam
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