Martillo de azúcar
Me encuentro hoy en la República Dominicana. Esa isla donde únicamente se puede ser feliz. Un brazo de la madre tierra donde la historia es un mero...
Volver a leer Popular 1 me abrió la cabeza. Me la destrozó. Y en parte, me salvó puesto que sólo la pasión salva. Me sacó de esa indefinición perpetua, esa ambigüedad socialdemócrata donde todo es gris. No existe el bien y el mal. Todo es opinable. Todo son medias sonrisas. Flacidez. Y no hay certezas. Sólo dudas. Sumisión a la actualidad. Porque esa revista continuaba siendo una orgía. Un puñetazo contra lo políticamente correcto. Aire auténtico frente a tanta dictadura de plástico. Un raquetazo de John McEnroe al suelo. Un pisotón de Hristo Stoichkov al árbitro. Juanito escupiendo a un alemán en Munich y luego, haciéndole un corte de mangas.
En fin. ¿Qué puedo decir? Desde entonces, y ya hasta el día que me muera, la seguiré comprando. Es, de hecho, la única revista a la que estoy suscrito. La única que me hace sonreír cuando la leo. La única que parece estar lejos de la actualidad y todavía, por tanto, tiene capacidad de hacerme feliz. Hubo un momento, en que prácticamente, sólo veía rostros agrios a mi alrededor. Rostros de personas que sólo sabían follar en la postura del misionero. O que apenas tenían relaciones sexuales. Y yo no estaba de acuerdo en convertirme en alguien así. Yo estoy dispuesto a llegar a los límites para disfrutar de mi sexualidad. Parecerá exagerado lo que digo. Pero creo que si ahora gozo de una relación plena con Susana, se lo debo en parte a la Popular 1. Porque la revista me impulsó a seguir buceando en lo oscuro. Me continúa enseñando lo importante que es disfrutar. Que es preferible arder en el infierno a la seguridad. Puesto que donde todos los demás dicen «cuidado, piensa lo que vas a hacer. Calcula. Calcula.», la Popu grita, «lánzate y ya veremos qué pasa. Recuerda: sólo se vive una vez». Shalam
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