Frágil ballet
No me gusta hacer leña del árbol caído. Y menos teniendo en cuenta que Alexander Zverev posee unas cualidades enormes que podrían hacerle conquistar...
Sé por ello que a los futbolistas no les pagan únicamente por ganar partidos. Una parte del sueldo cubre su estoicismo para aguantar los improperios del público que llena los estadios. La masa los utiliza como chivo expiatorios. Desahoga sus frustraciones vitales en ellos. Los convierte en pelotas de ping pong. Una justificación de sus fracasos y luchas interiores no resueltas.
Creo que no hay una imagen que ilustre mejor mis palabras que el cochinillo que arrojaron a Figo en el Camp Nou tras su fichaje por el Real Madrid. La cabeza cortada de aquel animal no era únicamente un símbolo de impotencia y frustración ni, desde luego, una exposición de un manjar culinario ni de la rica gastronomía catalana. Era, ante todo, la manifestación de un deseo: que fuera la cabeza del interior luso la que rodara por el césped. Una prueba, en cualquier caso, de que en los campos de juego, la venganza no se sirve en plato frío sino en caliente (y a veces hasta recién salida del horno). Y de que hay un instinto bélico innato en las masas que el fútbol ayuda a canalizar. Una violencia que el deporte paraliza, orienta y conduce a ese desagüe de insultos y gritos de rabia y odio que se escuchan normalmente en los estadios que, en otras épocas, podrían haber terminado degenerando en batalla, heridas, sangre y muerte. Tragedia bélica. Motivo por el que creo que a los futbolistas no sólo se les paga -repito- para jugar sino también para evitar guerras. Ser escudo de conflictos inmemoriales. Barrera tanto de odios ancestrales como de momentáneos.
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