El doble (o el otro)
En el mundo del capitalismo tardío, el barrio repleto de mansiones lujosas custodiado por seguridad privada no es el opuesto del marginal lleno de...
México, sí, es un país donde ser un activista social es mucho más que un deporte de alto riesgo: una carrera en la que la única incertidumbre radica en saber cuándo y de qué manera nos cortarán la cabeza. Si nos harán sufrir antes de matarnos o el asesinato será limpio y moral. Un país en el que los rebeldes y los luchadores son tratados como terroristas, andrajosos puercos o mendigos harapientos, todo estudiante es sospechoso y cientos de miles de personas confían más en los narcotraficantes que en los políticos. Un país donde los maestros por el mero hecho de serlo son vistos como posibles delincuentes y donde la gente es amable, atenta y sonríe incesantemente o bien por si acaso su interlocutor le estuviera apuntando con una pistola oculta, o bien porque quiere que se confíe y pegarle el golpe fatal. Un país en el que la vida es gratis para la gran mayoría, el trabajo apenas da para subsistir y la muerte -costos del funeral- cuesta 2000 dolares. Un país en el que los cuerpos utilizados en las performances que denuncian estos hechos no son los de actores vivos sino los de los verdaderos muertos y donde sale más rentable matar a gran parte de la población que mantenerla con vida, las casas de gobierno son cárteles, se gasta más presupuesto en seguridad privada que en carreteras o sanidad y sus políticos consiguen hacer buenos a los monstruosos homónimos europeos y casi que al resto de latinoamericanos.
México, sí, es un páramo de hedor e impotencia donde la mayoría de escritores e intelectuales alzan la voz a cuentagotas y midiendo cada una de sus palabras para no perder la Beca y continuar mamando del Estado o al menos, no ser excluidos de los círculos de poder. Y si lo hacen, es inevitable que se pregunten si sirve de algo o es tiempo perdido. Es ese país donde una persona realiza unas declaraciones públicas pidiendo ayuda porque se siente amenazado y, al día siguiente, amanece con los sesos descuartizados y con la mitad de los dedos de los pies y las manos cortados. Un país donde, alarmadas las élites gobernantes debido a la la publicidad generada por la matanza de Tlatelolco en el 68, decidieron, desde entonces, que a los disidentes era mejor matarlos uno a uno o en pequeños grupos que en masa. Realizando un minúsculo sangriento ritual diario como convincente forma de implantar reformas, evitar masivas manifestaciones y poner de manifiesto -por si no había quedado claro- quién manda. Quién posee el bastón fálico para introducirlo en los agujeros del cuerpo y la mente de sus súbditos de la manera en la que lo desee.
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