Nietzchsponesung
Nietzsche odiaba a los griegos por ser excesivamente racionales, haber creado la civilización y la cultura y ser los primeros que encerraron al...
México, sí, es un país donde ser un activista social es mucho más que un deporte de alto riesgo: una carrera en la que la única incertidumbre radica en saber cuándo y de qué manera nos cortarán la cabeza. Si nos harán sufrir antes de matarnos o el asesinato será limpio y moral. Un país en el que los rebeldes y los luchadores son tratados como terroristas, andrajosos puercos o mendigos harapientos, todo estudiante es sospechoso y cientos de miles de personas confían más en los narcotraficantes que en los políticos. Un país donde los maestros por el mero hecho de serlo son vistos como posibles delincuentes y donde la gente es amable, atenta y sonríe incesantemente o bien por si acaso su interlocutor le estuviera apuntando con una pistola oculta, o bien porque quiere que se confíe y pegarle el golpe fatal. Un país en el que la vida es gratis para la gran mayoría, el trabajo apenas da para subsistir y la muerte -costos del funeral- cuesta 2000 dolares. Un país en el que los cuerpos utilizados en las performances que denuncian estos hechos no son los de actores vivos sino los de los verdaderos muertos y donde sale más rentable matar a gran parte de la población que mantenerla con vida, las casas de gobierno son cárteles, se gasta más presupuesto en seguridad privada que en carreteras o sanidad y sus políticos consiguen hacer buenos a los monstruosos homónimos europeos y casi que al resto de latinoamericanos.
México, sí, es un páramo de hedor e impotencia donde la mayoría de escritores e intelectuales alzan la voz a cuentagotas y midiendo cada una de sus palabras para no perder la Beca y continuar mamando del Estado o al menos, no ser excluidos de los círculos de poder. Y si lo hacen, es inevitable que se pregunten si sirve de algo o es tiempo perdido. Es ese país donde una persona realiza unas declaraciones públicas pidiendo ayuda porque se siente amenazado y, al día siguiente, amanece con los sesos descuartizados y con la mitad de los dedos de los pies y las manos cortados. Un país donde, alarmadas las élites gobernantes debido a la la publicidad generada por la matanza de Tlatelolco en el 68, decidieron, desde entonces, que a los disidentes era mejor matarlos uno a uno o en pequeños grupos que en masa. Realizando un minúsculo sangriento ritual diario como convincente forma de implantar reformas, evitar masivas manifestaciones y poner de manifiesto -por si no había quedado claro- quién manda. Quién posee el bastón fálico para introducirlo en los agujeros del cuerpo y la mente de sus súbditos de la manera en la que lo desee.
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