Música para guerreros y perros
Cuando se lleva a cabo una obra sobre un personaje tan intenso, excesivo y bestia como Mario Bellatin, es de suponer que la banda sonora utilizada,...
En aquella novela -o más bien raya de speed- escrita por Breat Easton Ellis, las frases dolían. Se clavaban en el cerebro con la precisión de un machete. Hacían daño y casi que me hacían vomitar. Me provocaban tanto repulsión como fascinación. Y consiguientemente, durante los días en los que leí el libro, lo escondí de mi madre, consciente de estar ante un objeto peligroso, afilado y excitante. Viscoso, morboso y verdadero. Una radiografía exacta y alucinada del alma de Wall Street. La generación yuppie. El lujo y la frivolidad. El vacío, la inteligencia y la banalidad. La moda y la enfermedad. Una obra de arte que se podía perfectamente apropiar de mi alma como lo había hecho varios años atrás El guardián entre el centeno de la de Mark Chapman.
Obviamente, teniendo en cuenta estos mimbres, se comprenderá que haya devorado recientemente esa perversa autobiografía ficticia escrita por Breat Easton Ellis a mitad de la década del pasado siglo: Lunar Park. Pues no sólo es que entre sus páginas el escritor norteamericano resucite al Patrick Bateman de su célebre novela sino que juega con su presencia fantasmagórica. Lo presenta como una mezcla entre el Jason de Viernes 13 y el típico asesino psicopático de telefilme estadounidense. Un espíritu que se apodera de su propia vida cuya presencia se ramifica continuamente en páginas parecidas a precipicios psíquicos que exigen la presencia de demonólogos o detectives y que, en última instancia, el escritor norteamericano se ponga en paz con el fantasma de su padre. Cumpla su última voluntad, restituyendo cierto orden (ficticio) en medio de una sociedad absolutamente desestructurada cuyos cimientos y raíles se mueven, flotan aleatoriamente.
A Breat Easton Ellis le estaré siempre agradecido los tres o cuatro absorbentes días que me hizo pasar en la adolescencia. La manera en que consiguió explicarme las frías aristas de un mundo contra el que por aquel entonces yo rugía de furia entre canciones de Bob Dylan y Ramones: el neoliberal. Además, su diabólico fresco consiguió describir algo que muy pocos escritores habían conseguido hasta entonces: la calculadora, maquinal mente del Doctor Jeckyll, el David de Miguel Ángel o Abel. El guerrero colonial occidental adorado por sus semejantes y enaltecido como un dios ante las generaciones posteriores. No sé si se me comprenderá. Pero en cierto modo, con Patrick Bateman entendí lo que podía hallarse detrás de la fachada de nobles guerreros occidentales como el Cid o Rolando o del reluciente traje del empresario o banquero que deseaba venderme un ático adosado en primera fila de playa. Y también comprendí cómo funcionaban las mentes de la gran mayoría de políticos y presidentes del FMI y cuáles eran en el fondo sus aspiraciones. Pues el esquizoide escritor consiguió introducir y mezclar al Marqués de Sade con el mundo del pop, el lujo y la moda, haciendo de paso una descripción pormenorizada de los efectos continuados de la droga dura y la inyección de dinero deuda en nuestras sociedades, que aún hoy me estremece por su visceralidad y verdad. Por la manera en que como si sus letras y páginas fueran granos y papelinas de cocaína, se introdujo a través de mis poros, transmitiéndome un chute de conciencia y realidad.
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