Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
Keith Richards posee la virtud de hacernos creer que el rock nació para que él entonara muchas de sus composiciones (y no al revés); de hacernos pensar que no es que haya hecho un pacto con el diablo sino que él mismo es el diablo. Uno mira a Richards, y comprueba que en su rostro aún respira la leyenda del odio y el desprecio que vio nacer al blues porque sus canciones son tierra, carne, sexo sucio y tabaco. Una invitación a olvidarse del presente. Cazar no por lujuria sino para sobrevivir.
Keith Richards vive en el limbo, pero en este mundo. Por lo que es posible imaginarlo recorriendo una granja con los pies descalzos para entregarle su primera guitarra a uno de aquellos esclavos que entonaron los blues inaugurales en América. Pasando horas y horas delante de su instrumento para encontrar el acorde adecuado. Y disfrutando de una jam session en el sofisticado bar de una ciudad moderna. No importa. Contento o airado, satisfecho o enojado, en el cielo o el infierno, siempre parece de una pieza. Haber traspasado esa línea que separa el bien y el mal, pudiendo reírse por tanto de la vida y de la muerte. Algo que es precisamente lo que ha hecho componiendo un disco que parece extraído del mismo vientre del rock and roll, con idéntica soltura con la que aún es capaz de pegar un trago a una botella de bourbon. Shalam
0 comentarios