Voces en off
Posiblemente, Alejandro Céspedes sea más un filósofo que un poeta. Yo al menos no lo percibo como un poeta filosófico sino como un filósofo que...
El impulso de describir mundos paralelos y alternativos situados normalmente con posterioridad a los años en que transcurre la vida del escritor de ciencia ficción o la necesidad de narrar aventuras que transcurren en territorios desconocidos, entre naves espaciales, robots, computadoras vivientes y seres y razas impensables, no puede únicamente -aunque lo parezca- nacer de la curiosidad o de ciertas dotes adivinatorias por parte del escritor como tampoco de su voluntad o necesidad de escape. Brota en gran medida, de aquel pozo profundo de tristeza y depresión en que cayeron muchos grandes autores (Franz Kafka, Fiodor Dostoievsky, Malcolm Lowry) de la era moderna antes de escribir sus obras aunque la respuesta dada por los escritores de ciencia ficción fuera radicalmente diferente a la de los famosos escritores nihilistas.
Esto lo corrobora, por ejemplo, el que la ciencia-ficción comience justo a desarrollarse en el exacto momento en que al hombre occidental apenas le quedan lugares por descubrir. Había colonizado el planeta tierra en su totalidad. Un hecho que si bien masajeó su «ego conquistador y aventurero», tuvo que provocarle igualmente cierto hartazón, desánimo y apatía. Hizo surgir de la noche de los tiempos, los desesperados gritos de Friedrich Nietzsche e Iván Karamazov. La lógica depresión que prosigue a la obtención de un gran logro que, en este caso, parecía imposible: igualarse a dios y conocer al fin los límites del mundo. Básicamente, porque este sensacional hecho histórico supuso también la muerte de la aventura. Y, en cierto sentido, provocó una crisis de fe teniendo en cuenta que la religión le es mucho más primordial y necesaria al ser humano cuando se adentra en territorios desconocidos que consabidos.
Tardó siglos en eclosionar el género de la ciencia-ficción. Sus orígenes se ralentizaron enormemente pero cuando lo hizo, no fue en absoluto por generación espontánea. Su desarrollo se había venido gestando, de hecho, desde La Odisea homérica. O tal vez antes. Y es por esta razón que no me parece apropiado considerarlo un género nuevo. Más bien, sería una continuación lógica a la novela de aventuras, caballeresca, épica o el western. Pues, por ejemplo, para los escritores que comenzaron a practicarlo, la nave era el sustituto del caballo como el láser o la pistola intergaláctica lo eran del rifle y el cielo estrellado (el espacio) lo era del mar, el desierto o la pradera. No siendo, en este sentido, difícil trazar un paralelismo entre la desaparición de la figura del dragón o los monstruos de las cavernas procedentes del imaginario colectivo surgido tras la Segunda Revolución Industrial, de la aparición del alien o el depredador que protagonizan las famosas películas de Ridley Scott y John McTiernan. Entes que pasan a ser ahora un símbolo de lo desconocido y de los peligros que aguardan al ser humano en el espacio exterior y ya no entre los angostos ríos, las gigantes selvas americanas, los enigmáticos confines del Asia o las secas llanuras de ciertas regiones de África.
El escritor de ciencia ficción dirige su mirada hacia otros planetas porque entiende que no hay nada nuevo que descubrir en la tierra. Se conocen todos los animales, cada una de las plantas se encuentra clasificada, existen aviones que nos transportan por los aires y barcos que, de no ocurrir una verdadera catástrofe (caso del Titanic) pueden surcar cualquier mar. Por tanto, apenas se puede indicar nada novedoso de la realidad. El aburrimiento corroe su ser aunque sea por unos instantes y la nostalgia invade su alma. ¿Quién puede ser ya Marco Polo o sir Walter Raleigh? Al menos, en estos tiempos, nadie. Por lo que mira confundido y hastiado a todas partes en busca de una respuesta, una señal que lo saque de su desasosiego, hasta que se vuelve hacia los cielos, allí donde las estrellas se confunden con la luna y por las mañanas el sol se desplaza entre nubes, y su rostro se ilumina. Porque ha encontrado ese lugar todavía por colonizar en el que puede imaginar lo imposible y cualquier cosa puede ocurrir: desde el desembarco de una raza de extratarrestres con piel de lagarto, la llegada de un ser inclasificable capaz de realizar proezas inimaginables o una batalla entre hombres con cuerpo de mono y leones con alas. Todo. Absolutamente todo es posible en el espacio exterior.
Como prácticamente ningún otro artista, el escritor de ciencia-ficción es un hombre que vive a caballo de dos mundos. Florece en las contradicciones. Y se encuentra en una especie de equilibrio inestable. Es tan pesimista como optimista, tan desesperanzado como confiado. Se encuentra inundado por una tristeza que lo destruye y de una alegría casi divina. De hecho, sus escritos sobre batallas galácticas reflejan con total exactitud tanto la conciencia extrema que posee de que el fin de nuestra vida en la tierra puede estar próximo (y, sin duda, llegará algún día) como su extremo deseo de que la existencia continúe perviviendo de una u otra forma en otros planetas o sistemas solares. El escritor de ciencia ficción desconfía aparentemente de la capacidad del ser humano para relacionarse con sus semejantes, de la concordia entre culturas diferentes pero sin embargo, piensa que tal vez pudiéramos entendernos o llegar a algún tipo de acuerdo con los extratarrestes que nos visiten. Y siente como ningún otro, la deshumanización a la que nos conduce la tecnificación de nuestras sociedades aunque explora sus posibilidades al límite. Imaginando robots de inteligencia casi humana y un futuro en el que las máquinas juegan un papel muy importante que no necesariamente tiene que ser negativo.
Se piensa, por lo general, que la sensibilidad en la literatura es asunto de poetas. Y se suele mirar con cierto tono de condescendencia al escritor de ciencia-ficción. Como si fuera alguien frío por hacer constantes referencias a maquinas, complejos programas de ordenador y describir con precisión el interior de una cabina hipotérmica o una nave espacial. Un gran error de apreciación porque acaso nadie sienta tal grado de angustia ante la deriva de nuestro mundo contemporáneo. Pocos se sentirán probablemente tan intrigados y concernidos por su destino y serán tan conscientes de nuestros procesos autodestructivos hasta el punto de tener la necesidad de mostrárnoslos en el espejo, retratando mundos diversos donde podamos ver nuestra despiadada realidad al desnudo. Anunciando el más que seguro fin de la humanidad si continuamos actuando de la misma forma o buscando nuevos caminos y recovecos en el espacio exterior a través de los que acaso nuestra raza pueda salvarse.
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