Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Cuando descubrí al escritor austriaco hace 12 años, me volví adicto a él. Me encontraba yo buscando por aquel entonces, una escritura angustiosa y, desde luego, Bernhard no me falló. Todo lo contrario. De hecho, su propuesta era tan extrema y despiadada que, después de varios meses, decidí dejar de leerlo para respirar cierta paz y tranquilidad. El punto final lo puse después de realizar un trabajo sobre su autobiografía en la que comparaba su fuerza estética con ciertos discos de Stockhausen. Más que nada, porque verme obligado a releer continuamente los escritos del austriaco durante varios días, fue el límite permisible para mí. Y después de aquella experiencia, tuve que descansar casi más de 10 años para volver a aproximarme a ellos. Prácticamente hasta hoy en día en que leo sus textos, no tan atento a los hechos que narra sino a la raída, psicótica técnica que utiliza, realmente magistral, monumental. No me caben dudas de que esa primera persona que succiona todo aquello en lo que fija su atención, imprimiéndole veneno y grandes dosis de locura, es uno de los grandes legados que el escritor austriaco nos ha dejado. Y estoy seguro que le sobrevivirá a él y a nosotros, como la música de su adorado Schumann ha hecho ya. ¿Cuánto hay de verdad y de falso por otra parte en la monumental e inquietante voz utilizada por Bernhard? Es difícil responder a esta pregunta. En su autobiografía queda claro que el escritor austriaco se deja jirones de su ser en cada uno de sus textos. Y no tiene reparo alguno en escupir sus experiencias a los lectores como respuesta a la trágica realidad que experimentó. Pero es inevitable, leyendo por ejemplo El sobrino de Wittgenstein, no sentir cómo en el fondo, Bernhard se regodea con la estulticia y la molicie, y se da el lujo de gozar y jugar con lo narrado, consiguiendo provocar en ciertos pasajes ganas de reír. Disfrutar con un escritor parecido a un comediante que sabe hacer cosquillas en sus lectores donde nadie lo consigue: en el mismo centro del horror. Extrayendo no sólo belleza sino sorna y guasa del dolor, a través de una prosa que continuamente hiere y quema sin piedad los ojos de sus lectores, traduciendo al papel la risa áspera de un genio irrepetible.
No creo que sea necesario subrayar que lo que estoy afirmando ahora sobre todos estos libros y escritores, podría negarlo en varios minutos. Apenas estoy dejando constancia de una serie de impresiones -es decir, expirando- tras unos días plagados de inspiraciones intensas y profundas e intentando encontrar un equilibrio entre lo que digiero y mastico y expulso por el ano literario, si se me permite la expresión. Por lo que tampoco hay que tomar muy en serio lo que digo. Aunque es cierto, sí, que, según mi experiencia, cuando las personas hablamos a contraluz, sin dar demasiada importancia a nuestras reflexiones, solemos encontrarnos más cerca de la «verdad» que cuando nos ponemos solemnes. En cualquier caso, creo que ha llegado el momento de que me calle, y comience a tomar aliento para leer el testamento de Edouard Levé cuyo comienzo -más aún teniendo en cuenta que el texto fue escrito antes de suicidarse- nos advierte claramente que la literatura es uno de los escasos ámbitos creados por el ser humano para hablar de lo imposible: «Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. En medio del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla, bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera, hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la cabeza».Shalam
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