Dissatisfaction
Dejo a continuación la octava reseña del libro Los 100 mejores discos del Siglo XX. En este caso, dedicada a Dissatisfaction de The Prisioners. La...
De todas formas, pronto, muy pronto, el árido discurso de el árabe Alejandro se tornó más triste. Probablemente, porque la hermosa sala del palacio donde lo estaba hilvanando, se hallaba decorada con finos azulejos de Talavera. Lo que le traía recuerdos de otros tiempos. Pretéritas épocas en las que había compartido agua rociada con gotas de limón en la Península Ibérica con decenas de guerreros musulmanes. Había cabalgado a lomos de un caballo negro por las praderas de la Mancha y disfrutado de bellos atardeceres bajo las faldas de la Alhambra mientras sus labios se bañaban con el perfume de jazmín que envolvía el cuerpo de muchachas morenas cubiertas con velos de gasa verde y de mujeres pelirrojas que oraban diariamente a la Santa María. Al igual que acostumbraban a hacer, dijo el árabe Alejandro a sus hermanos, aquellas señoras que, de niñas, se introdujeron en la orden agustina y vivieron durante varias décadas, ocultas de la mirada pública y el poder, en el actual Museo Santa Mónica de la ciudad de Puebla de los Ángeles.
Precisamente, con una de aquellas inmaculadas señoritas que disfrutaron del poder de la invisibilidad por años, se había cruzado el árabe Alejandro momentos antes de introducirse en aquella sala donde se escuchaba el sonido de varias gotas cayendo calmas sobre una fuente de agua dorada. Pero como les comunicó a sus hermanos, pegando un martillazo cuyos sonidos retumbaron en lo más alto de la Medina, cuando se dirigió a interrogarla, preguntarle qué es lo que deseaba y si, realmente, estaba interesada en escuchar alguna de las historias que esa tarde contaría, la monja agustina se había desvanecido como si fuera un fantasma. Casi como un colibrí que sintiera cercana la presencia del cazador. El aroma a muerto de otros animales.
Aquel mágico texto se hallaba enterrado entre varias piedras. Oculto en un cofre dorado del que, de tanto en tanto, emergía el cántico de un ave -acaso una abubilla o una golondrina, ¿quién lo sabe?- cuyas resonancias desaparecieron en cuanto fue abierto ese arcón maravilloso de cuyo fondo se escuchaban ahora continuos martillazos. Truenos que invocaban noches de tormenta y martirios de mujeres encerradas en torreones a cuyos sonidos no prestó atención el árabe Alejandro, puesto que se encontraba embelesado de poder asir en sus manos aquel tesoro. Tanto es así que, nada más percibir el anaranjado tono de la portada de aquel libro, lo agarró y llevó a su corazón como si fuera suyo. Como si hubiera recuperado una parte de su alma perdida en otros tiempos y vidas. Un jirón raído de su espíritu que no hubiera querido, en ningún caso, que cayera en las manos equivocadas.
Desde entonces, tras aquella sanación maldita -les comunicó a sus hermanos árabes- se fueron propagando lentamente diversas leyendas sobre su persona. Le apodaron el samaritano y se hicieron todo tipo de conjeturas sobre sus poderes. Se le atribuía la facultad de devolver la vista a los ciegos, curar la lepra con sólo pasar su mano por la piel oscurecida y traer el gozo y la alegría a hogares arrasados por el cólera o las guerras. Pero también había quienes lo consideraban un charlatán o un endemoniado. Un maldito haragán que había realizado un pacto con el diablo para conseguir ciertos logros. Se decía, por ejemplo, que al desenterrar el libro Martillo había cometido una herejía. Porque aquella novela o tratado demónico podía ser el Necronomicón. Un ensayo escrito con su sangre por el demonio antes de ser vencido por el arcángel Gabriel en una remota ciudad enterrada bajo las arenas, conocida con el nombre Ubar. Un texto que, al parecer, poseía cifrados versos donde se hallaba el poder de comunicar con los muertos. Hacerlos revivir. Y entablar una conversación con el más allá. Y los hubo también que dijeron que aquel libro contenía la única historia que Scherezade, aquella muchacha que estuvo durante 1001 noches narrando historias al sultán para evitar que su cabeza fuera cercenada, nunca contó a su posible ejecutor. Una narración que había dejado escrita en un pergamino perseguido por manos avaras y pérfidas, ansiosas por conocer esa joya que nunca salió de sus labios. Fue enterrada en su corazón como si fuera un conjuro para hacer emerger un efrit. Un poderoso genio capaz de soportar las embestidas de todos esos monstruos procedentes del Occidente que amenazaban con acabar con el Islam, entre los que se escuchaba amenazante el nombre del dios Chulthu, que aquellos que habían podido leer fragmentos de Martillo, decían que protagonizaba la novela.
Sin embargo, allí presente, entre sus hermanos de sangre, raza y religión, Alejandro el árabe negó todas esas afirmaciones. Tras dar varias caladas al cigarrillo de opio que amasaba en sus manos nervioso, golpeó con su martillo en la mesa y sentenció que aquella novela no era ningún libro santo, milagroso ni tampoco diabólico. Bien leída, se comprendía que era en el fondo una oración. Un profundo rezo de un hombre perdido en un continente extraño. Maldecido, al igual que el viejo Edipo, por los dioses y también por los demonios. Confundido acaso por un efrit o un malandrín que, como si fuera un extraño don Quijote, le hacía creer que caminaba por tierras árabes cuando, ciertamente, lo estaba haciendo en territorios enemigos. Poblanos y mexicanos. Le hacía pensar que se hallaba en un palacio árabe cuando, en realidad, estaba en una caverna, rodeado por vampiros que deseaban robarle su manuscrito que ahora, gritando ante un pasmado auditorio que pensaba que tal vez Alejandro el árabe había enloquecido totalmente, confesaba que era suyo. Que él lo había escrito, desafiando las leyes del Corán y las férreas normas implantadas por los sultanes que prohibían a todo aquel que no fuera uncido por una orden religiosa, contar fábulas. Ficciones como la de aquella novela, Martillo, que, ahora, como si fuera un sacerdote católico hallado en pecado, afirmaba ante un conjunto de novicias procedentes del Convento de Santa Mónica, él, únicamente él, había compuesto. Sólo él. Como probaban, dijo a los allí presentes, las líneas curvas del texto manuscrito que coincidían con los rayajos en que envolvía su firma y ciertas aseveraciones que el personaje principal realizaba a lo largo del libro, similares a las que él había hecho durante toda su vida. Reflexiones sobre el desierto y la cambiante naturaleza de las cosas. La vida en los claustros y la fe de los eremitas.
Sucedió entonces que, comprobando que nadie se oponía a esta afirmación ni reclamaba la autoría de aquella cruenta novela, Alejandro el árabe levantó sus brazos en cuyas manos el libro parecía un colibrí deseoso de alzar el vuelo tras años de opresión y encierro y, como si fuera una ostia divina, lo ofreció a los allí presentes: novicias, hermanos árabes y extranjeros, músicos locos y bandidos, que lo miraban extasiados como si les estuviera ofreciendo el corazón de Cristo. Embebidos, al contemplar una novela que varias voces procedentes del más allá describían como profética. Un texto en que se cifraban, recogían los destinos actuales del Oriente y el Occidente. Y se hablaba del capitalismo por venir, la globalización, como un sistema esclavista. Una nueva dictadura en la que las culturas no podrían florecer puesto que se encontrarían gobernadas por Chulthu y su caterva de demonios. Cosmogónicos monstruos que aspiran las energías de los seres humanos a los que el árabe Alejandro se había propuesto aniquilar, realizando un sacrificio personal. Esto es; ofreciendo partes de su ser a los abismos. Desprendiéndose de jirones de su alma con el fin de acabar esa futura avalancha nihilista mucho más peligrosa para el mundo que los españoles u otro ejército conocido hasta entonces.
«No creo en aquello que haces. Porque eres un impostor. Sí, tú eres un impostor. Un falso Judas como tantos profetas modernos, tantos hermanos nuestros esclavos del ego. No intentes engañarnos.
Abdul Alzhared. Sí. Abdul Alzhared. Un viejo árabe que conocía el lenguaje de los muertos y que, al ser perseguido por los monstruos y la ira de los españoles, se había visto obligado a dejar su creación, Martillo, en el desierto, para sobrevivir.
El caso es que, dijo Alejandro el árabe, él no era quien para resolver estas dudas. Pues ni tan siquiera sabía si estaba muerto o vivo, era un extranjero, un sacerdote o un sultán que movía sus brazos furioso animando a su pueblo a hacer la guerra santa. Por lo que se contentó con martillear las páginas todavía enteras que quedaban de aquel tratado filosófico llamado Martillo, las cuales volaron como pájaros heridos hacia el negro cielo. Satisfecho porque, al destrozar su libro, sus trozos se convertían progresivamente en el furioso sueño de un presente cuyo recuerdo antes o después sería barrido por el tiempo.
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