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Jun 28, 2017 | 0 Comentarios

El primer disco de Sugarcubes, Life’s too good, continúa brillando a pesar del paso del tiempo. Tal vez porque fue una creación compuesta por un grupo de muchachos islandeses obsesionados por el arte que consiguieron juntar amateurismo y profesionalidad, frialdad y pasión, en un disco tan racional como sentimental. Una deliciosa máquina experimental que mezclaba pop y post punk vanguardista, abriendo hondas grietas y caminos en la música contemporánea.

Life’s too good es un disco muy emocional. A pesar de estar muy meditado y bien producido, hay una enorme espontaneidad en cada una de sus canciones. Por lo que, a veces, parece que estamos asistiendo a un ensayo en el que, a partir de unas coordenadas claras, los músicos improvisan, aportando detalles y matices sonoros que no estaban previstos.

Cuando Sugarcubes grabaron el disco, funcionaban más como un colectivo que como un grupo y se nota. Porque las guitarras son muy parecidas a pinceles y las canciones son similares a lienzos abstractos. Bjork, al contrario que en sus barrocos y decorativos últimos trabajos, se ponía al servicio de las canciones. No cantaba como lo hace ahora, como la soprano de creaciones cubistas realizadas a mayor gloria de su ego, sino que lo hacía con descaro y atrevimiento. Con una calidez juvenil que aportaba humanidad a canciones que, por lo general, nunca se desarrollaban previsiblemente. Y además, jugaba y adaptaba sus registros a la intrigante y magnética voz de Einar  Örn,  con quien formaba un dúo frío y caluroso al mismo tiempo, que aportaba riesgo y locura a composiciones construidas como mecanos. Vibrantes melodías que se hacían y rehacían constantemente en medio de cortantes, incendiarias guitarras y desarrollos instrumentales abiertos a secretas dimensiones.

Life’s too good es una de esas obras para las que se creó la palabra arty. Una fusión cool muy bien conseguida y equilibrada de distintos conceptos y estilos. El disco suena a veces (escasas, eso sí) a punk. Es agresivo y corrosivo. Una muestra de arte bruto llevada a cabo en una misteriosa isla, pero también puede escucharse como una lectura alucinada del pop de Manchester o como una personal interpretación de la música indie. 

Sugarcubes parecían además, una estilizada, sofisticada versión europea de The B-52’s. Pero mientras la banda norteamericana remitía al arte popular y de serie B, a las películas de ciencia ficción y de John Waters, Sugarcubes lo hacía a Gunter Grass, Georges Bataille y al expresionismo. A las sinfonías marítimas y nocturnas compuestas en el norte de Europa, al free-jazz y a los delirios de la pintura figurativa. Un mar de influencias (entre ellas, cabe citar el cabaret y los musicales) que cristalizaban en pop etéreo, aguerrido e indomable. Música utópica y quebradiza, volátil y con aires “marcianos”, ideal tanto para perderse por los paisajes de ensueño islandeses como para asistir a una performance o romper de un ataque de angustia una habitación. Shalam

إِنَّهُ لأَشْبَهُ بِهِ مِنَ التَّمْرَةِ بِالتَّمْرَةِ

Grandes riquezas, gran esclavitud

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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