Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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«No sólo estoy muerto sino destrozado. No sólo estoy bajo una tumba sino que no poseo un futuro. Un horizonte al que aferrarme. No sólo no tengo ojos sino que tampoco tengo piernas. No sólo no tengo brazos sino que tan siquiera poseo un espíritu porque esta sociedad, los reyes, los lacayos del poder, profesores de mente diabólica, inmundos políticos y rectores universitarios de fría alma y gélida mirada me lo han robado todo. Se han empeñado tanto en quitarme mi capacidad de respirar como la necesidad de juzgar y opinar por mí mismo. Con criterio propio. Desean anularme aun y a pesar de que soy únicamente un cadáver y no tengo piernas ni boca ni tampoco frente ni labios. ¿Qué trozo de mi cuerpo les resta aún por devorar, golpear o masticar? ¿Qué fragmento de mi cabeza no han cortado en ciento y un mil trozos? No contentos con expulsarme de la tierra donde nací, (allí en el África magrebí, cerca de la cueva donde Miguel de Cervantes fue capturado por una tropa de corsarios argelinos y vampiros que no dormían ni durante el día), también desean alejarme de esta ciudad americana, este hermoso jardín de flores, hacia otro lugar.
Aquellas, sí, fueron las primeras y demenciales palabras que pronunció Abdul Alhazred, el autor del libro Martillo, ante varias personas en una sala de una ciudad de México llamada Xalapa hace muchos siglos aunque pudo haber ocurrido hoy, aquí y ahora. Porque Abdul Alzhared era un cadáver pero un cadáver vivo, un nido de gusanos que no cesaban de revolotear por el aire contaminándolo. No había más que verlo mostrar los colmillos, enjuagarse sus ojos sangrientos y caminar tal y como lo hacen los muertos, como si tuviera un esqueleto de plástico que se moviera con facilidad de arriba abajo, para cerciorarse de ello. Algo que no era de extrañar. Al fin y al cabo, aquel viejo arponero y señor, aquel anciano escribano, había absorbido el espíritu de un joven muchacho español que todavía conservaba cierta flexibilidad en sus músculos llamado Alejandro Hermosilla, quien por ciertas y oscuras razones se sentía perdido en aquella ciudad, Xalapa, a la que acabo de hacer referencia.
«Ciertamente, no me quedaba otro remedio que apoderarme del espíritu de Alejandro Hermosilla», repitió una y otra vez Abdul a los allí presentes, «si quería desenmascarar de nuevo a las fuerzas oscuras, el gran Cthulhu y sus emperadores en la tierra, como hice siglos atrás y seguiré haciéndo mientras continúe viviendo y muriendo. Ya sea con el aspecto de un panadero, un zapatero o un comerciante de Bagdad por los siglos de los siglos hasta el fin del tiempo eterno. Pero luego, en unos instantes, diré el motivo. Ahora y de momento, me apetece hablar de Martillo. Un libro sobre el miedo y la imposibilidad de divisar un porvenir. Un texto que aunque es un homenaje a la tierra donde secretos hechiceros, guerreros inmortales y doncellas encantadas contaron y escucharon por primera vez los cuentos de Las 1001 noches es ante todo un canto desesperado frente la oscuridad de los tiempos que vivimos. Razón por la que, siguió diciendo Abdul Alzhared, decidí resucitar en la novela a otro escritor de cuyo espíritu me apoderé hace casi un siglo. Sí. Me refiero, ¿cómo no?, a H. P. Lovecraft. Un escritor que aparece y sobrevuela por Martillo no por un capricho mío o porque al volver a caminar con mi esqueleto por estos parajes lo primero que hiciera fuera acudir a un fumadero de opio dejándome perder en raras ensoñaciones, sino porque existen pocos artistas que se hayan atrevido a ir más lejos en la tarea de profundizar y describir el horror, cerrando todas y cada una de las ventanas por las cuales podría atisbarse cierta luz o esperanza.
H. P. Lovecraft debía, sí, de aparecer en Martillo porque lo que me interesaba allí, era hablar del terror. El miedo al que el gobierno económico globalizado actual aboca a los ciudadanos desprotegidos de medio mundo.
Creo, sí, que la elección de Alejandro fue la adecuada. Y desde luego, no fue casual. Me apoderé, vibré como un toro furioso y un vampiro loco en torno al alma de aquel muchacho porque era un joven estudioso de la literatura, un eterno aprendiz de escritor que se encontraba experimentando una crisis en un país extranjero debido a un tortuoso problema legal con una conocida institución universitaria de la amigable y acogedora ciudad de Xalapa. Además, cuando estos acontecimientos comenzaron, Alejandro Hermosilla estaba trabajando en una trilogía sobre el horror del mundo contemporáneo. Acababa de finalizar el primer volumen, El jardinero, y estaba enfrascado, dedicando días y noches completas de su vida, a levantar el segundo, Ruido, y era por tanto la persona con la sensibilidad adecuada, las dosis necesarias de desesperación y angustia, para sufrir un exorcismo. Para que yo, Abdul Alzhared, resurgiera de las sombras. Emergiera de entre los tejares tejidos con paciencia por las parcas en los cafés de la Arabia para contar una historia eterna. Una de aquellas que nunca cesan de escucharse y siempre resonarán en nuestros oídos de aquí hasta la fecha del juicio final: la huida de varios seres atrapados en un laberinto perseguidos por una bestia terrible. Escondidos entre los muros de fortificaciones celestes, doblegados por los labios de amantes que vienen y van como los paisajes de un mundo cambiante que se transforma con la misma rapidez que los poemas que recitan o los cientos de martillazos que escuchan a su alrededor cuyo propósito es abrir la conciencia de los seres que se encuentran a un lado y otro del Mictlán. Y que si es esto es posible, los muertos y los vivos nos demos un beso eterno que se escuche a través de los cielos y los infiernos y traspase la tierra y las aguas. Y los demonios y tiburones rujan en los océanos porque ha llegado al fin el nuevo mañana.
En verdad, dijo Abdul Alzhared aquella noche de hace tantos siglos en Xalapa -elevando la voz entre los balidos y sonidos de campanas y cascabeles enredados en los cuellos de las cabras y vacas que los pastores paseaban- no tengo mucho más que añadir. Podría invocar una rebelión contra el Nuevo Imperio Romano frente al que ahora más que nunca hay que decir basta y no. Pero no lo haré. ¿Para qué si el odio alimenta el odio y la sangre llama a más sangre? Simplemente hoy, esta noche os animaré a agarrar este martillo con fuerza y arrojarlo contra cualquier institución y persona que haga abuso de poder. Porque no seremos humanos, no merecemos llevar este nombre, mientras no seamos capaces de pronunciar la palabra no. Basta. Mientras no seamos capaces de decir exactamente aquello que pensamos y no suceda absolutamente nada por ello. Mientras no pongamos un límite y coto a los poetas que escriben versos para peinarle el pelo a los perros, los abogados que exprimen a sus clientes en nombre de la justicia y los policías que no son capaces de detener a los verdaderos maleantes: muchos de los gobernantes.
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